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La libertad de la palabra en la Lelolandia fabulada de Antonio Blasini Gerena

Por: Luis Rey Quiñones Soto

Absuélvame de sus creencias y ritos confesor, si quiere, sabe que no creo en los miedos ni las astucias de ese invento que llaman pecado. Deje presentarme, yo soy la Palabra, y humildemente y sin mantilla, fea y franca ante usted me confieso. (Blasini, 2013,4)

Introducción: El referente inmediato para Lelolandia ha de buscarse en Vomito Desmesurado (poesía, prosa y cuentos cortos–– Blasini, 2013).
Luis Rey Quiñones Soto y Antonio Blasini Gerena
Allí, como asienta el epígrafe, la palabra toma la palabra mediante su primer manifiesto libertario. Proclama libertad ante los códigos civiles y canónigos; libertad ante el mausoleo de las letras, como adujera García Márquez; frente al lenguaje del sentido común. La libertad reclamada por la palabra de Blasini aduce, por tanto, al angustioso proceso creativo, al cual se le contrapone la tarea ineludible, técnica, de poda y depuración de lo lanzado a la hoja en blanco> Añádanseles, las limitaciones del diccionario y el hálito desalentador de allegados y preciosistas de la prosa y la poesía. El proceso creativo es, en buena medida, un ejercicio de ermitaña soledad ––Cando tu llegues desde el humo// Y ay amor, nos quedaremos solos// (ibíd., 25) –– cuyas primicias repodan a la palabra lo que tiene de cobarde, para que salga, entonces, a degollar absurdos (ibíd., 47).

Como parte del juego creativo, Blasini no concede ni a la comodidad populista del lenguaje llano ni al cómodo de remedo de la lengua callejera. Por contrario, lo bello no teme ––acota el autor–– expresarse en difíciles oraciones coloquiales que aumenten la claridad de la expresión y sus imágenes (ibíd., 49). De lo bello en Lelolandia a la luz de la estética hegeliana. El otro pie forzado, que alientan a estas líneas sobre Lelolandia (Blasini, 2015), lo regala otro artista de la palabra: el lenguaje ––escribe Federico Irizarry Natal–– se come al lenguaje: lo saquea en su dimensión sonora, lo consume en su concreción visual (en Blasini, 2015,13-14). Sí, ésa es la esencia del manifiesto blasiniano: la palabra, objetivada, es la protagonista de un placer estético del que no podemos dejar de ser parte (Irizarry Natal, ibíd., 14).

En este marco es prudente para adentrarnos con criterios a ese placer a que se nos invita, pasar juicio sobre lo bello en Lelolandia de conformidad a las reflexiones estéticas de Hegel. Para Hegel lo realmente existente, la verdad absoluta, es la razón. Ésta tiene dos objetos ante sí: reflexiona sobre sí misma y cavila sobre la naturaleza externa. La razón se aprehende a sí por la percepción sensible, la representación interna en la conciencia y en pensamiento libre. Aquí, en el arco craneano, la libertad es absoluta. No tiene otra cortapisa que el pensamiento mismo (De lo bello y sus formas, Hegel, 1958, 64-67).

Tanto para la naturaleza externa como para el pensar, al interior de la bóveda craneal, la reflexión toma la forma abstracta de la idea. Pero esa idea que se tiene, en la razón ––de la razón y de la naturaleza externa–– apela a la necesidad plástica del arte de salir del ámbito neuronal, para objetivarse. Pues bien, no hay otro sendero para materializar la idea que el de la representación sensible bajo la forma de lo individual, de lo concreto.

Pero, para el arte, ––advierte Hegel– no se trata de la idea, sino de lo ideal. La representación sensible e individual objetivada de la idea, con la creación, plástica, del artista, toma la forma, externa y sensible, de lo ideal; mientras, la idea, se mantiene, incólume, como verdad absoluta, en el recinto del pensamiento neuronal. De la idea a lo ideal: lo bello en Lelolandia. Ahora bien ¿cómo plasmar, cómo dar el salto de la idea a lo ideal, de lo abstracto, a lo ideal, a lo sensible individual? Digamos, para avanzar, que la libertad tiene en Hegel una segunda acepción. Se trata, en rigor, de liberar de la esclavizarte necesidad de imperfecciones de lo real, –– de esas miserias, circunstancias accidentales y pasajeras (ibíd., 85)–– para dar con el elemento esencial de la cosas, tanto del pensar como de la naturaleza externa.

Y esta otra dimensión de la libertad ha de construirse con la actividad creadora de la razón mediante la representación, de la esencia, como imagen ideal y verdadera que permita el desplegué libre de la vida. Si la necesidad de lo bello en el arte ––como confirma Hegel–– brota, pues de las imperfecciones de lo real (ibíd., 85), entonces el pensamiento, como idea abstracta, de lo esencial, deja fuera los elementos accesorios y contingentes de lo real y supera de esta forma la complicada contienda entre la afirmación (tesis) y negación (antítesis) para abrir paso a la armonía con la superación (síntesis) de las antípodas. En fin, el fin del arte es, precisamente, despojar tanto el fondo (contenido) como la forma, de aquellos elementos ordinarios y prosaicos, (ibíd., 127) o si se quiere, hacer lo exterior semejante a la idea (ibíd.,85). La necesidad de lo bello ––acota Hegel–– en el arte brota, pues de las imperfecciones de lo real.

Entonces para pasar de la idea a lo ideal, de lo abstracto a lo sensible externo individual, no queda otro remedio que trabajar con imágenes que nos proveen los recursos artísticos, aquí desde la palabra, como la metáfora, la símil, el retruécano, la aliteración, para moldear el tránsito de la idea abstracta hacia la esencia de la cosas, a su expresión ideal de lo individual y lo tangible. Lo ideal, por tanto, es una representación esencial de la idea bajo la forma concreta de lo sensible individual: ecce homo, histórico y de carne y hueso, a que nos remite el paso del arte clásico al crístico religioso con el dios hecho hombre.

Antonio, repitámoslo, ya lo ha consignado: expresarse en difíciles oraciones coloquiales que aumenten la claridad de la expresión y sus imágenes. Bajo estos criterios, ecce homo, acunado en Blasini, ha cumplido a cabalidad con la circulación hegeliana de la idea a lo ideal y ha poblado de belleza y musicalidad a una Lelolandia desvencijada por el poder imperial y por el egoísmo capitalista. Pero esas imágenes en Lelolandia han sido construidas desde el conflicto entre la afirmación (tesis) y la negatividad (antítesis). ¿Cómo, entonces, puede encontrase en Lelolandia la armonía de lo bello que preconiza la síntesis hegeliana? Antonio ha tomado postura con sus síntesis de soberanía nacional. ¿Pero, y qué del lector, al cual Blasini aborda desde el dolor y deshonra de Lelolandia? De regreso a la forma sensible externa, que modela la creatividad artística, Hegel sostiene que el artista tiene que ocuparse de la historia. Hoy el poeta debe poseer la ciencia de un arqueólogo, mostrando siempre escrupulosa exactitud; observar ante todo el color local y la verdad histórica (ibíd., 114).



Pues bien, este poeta nuestro ha fabulado en lengua artística, con escrupulosa exactitud, el color y la verdad de nuestra realidad histórica colonial y de explotación capitalista del 1898 a nuestros días, sin conceder un ápice al lenguaje propio de la política. Ahí están, como testigos, la fina recreación, en fábula, con ritmo y canto, de una recolonización neocolonial en que la emigración y descapitalización de los boricuas se conjuga con la inmigración de jinchos fuereños gracias a las leyes 20 y 22 melcochadas por nuestros tribunos, faunos intermediarios beneficiados del coloniaje. Ahí, también, la referencia, acusativa, al vomitivo de una constitución colonial malparida como engendro natimuerto del ELA. Ahí, además, la paz silente de los sepulcros: la ubicua represión, confabulada con la emigración, que pretenden acallar gritos y desafíos de vivos y muertos en Leolandia. Y, todo ello, y más, se trabajó con solo diez letras del alfabeto.

Ah, respecto a la armonía, a la síntesis desde el que lee, corre a cargo de cada uno de nosotros porque a fin de cuentas, estos cuentos contados por nuestro cuentista, a diferencia de otros cuentos, no cuentan con su colorín colorado.



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