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El monstruo de Manuel Zeno Gandía (San Juan: Editorial Tiempo Nuevo, 2008)

POR: JOSÉ G. RIGAU PÉREZ, MD, MPH

Buenas noches.  Estamos aquí para celebrar la publicación de El monstruo, de Manuel Zeno Gandía. La Editorial Tiempo Nuevo ha rescatado este texto sobre un niño desfigurado por malformaciones congénitas a quien aman su madre y su médico (pero no el padre).  Ésa es, curiosamente, la misma historia del texto, a quien su padre, Zeno Gandía, rechazó como inadecuado para la publicación. Como el médico de la novela, me alegro de la aparición de este Monstruo, que viene a enriquecer no sólo la literatura, sino también las fuentes de nuestra historia médica y los recursos para educar a los profesionales de la salud del siglo XXI.

Manuel Zeno Gandía nació en Arecibo en 1855 y falleció en San Juan en 1930.  La familia se mudó a Barcelona en 1866.  Él estudió allí bachillerato (nuestra escuela superior) pero se graduó de medicina en Madrid en 1875.  Todavía estudiante, publicó en 1873 una monografía titulada La influencia del clima en las enfermedades del hombre.  Prosiguió su entrenamiento en un internado en el Hospital San Andrés, en Burdeos, Francia.  La institución data de 1390, pero la fundación de una Facultad de Medicina en Burdeos en 1874 había impulsado la renovación y ampliación de las facilidades y, sobre todo, un ambiente educativo completamente actualizado.  Luego de unos meses en Burdeos, Zeno visitó París (la capital mundial de los adelantos médicos en aquella época) y otras ciudades de Francia.  Regresó a Madrid y enseguida a Puerto Rico, donde llegó en 1876.  Se estableció primero en Arecibo (donde escribió El monstruo en 1878) y luego trasladó su práctica a Ponce en 1880.  También ocupó allí, hasta 1898, el puesto de médico del puerto u oficial de Sanidad Marítima.  Después de la invasión americana, su actividad política, periodística y literaria desplazó la labor médica.  Abogó por la independencia de Puerto Rico y militó en el partido Unión hasta que éste relegó ese ideal a segundo plano.  A pesar de la abundante producción poética de Zeno Gandía, lo conocemos principalmente por sus cuatro “Crónicas de un mundo enfermo”, publicadas de 1894 a 1925: las novelas Garduña, La charca, El negocio y Redentores.  El monstruo evidencia, 10 ó 15 años antes de la escritura de las primeras grandes novelas de Zeno, el mismo afán por presentar y analizar las debilidades del ser humano.

Paso ahora a comentar unas escenas.  No quiero privarles del placer de apreciar el desarrollo de la trama, así que pido excusas por hablar de algunos detalles del texto sin permitirles apreciar la imagen completa.  En el Capítulo 2º, aparece Juan, el padre de la criatura, desesperado por los signos de que alguna tragedia ha ocurrido durante el alumbramiento.  Va a entrar al dormitorio cuando el médico hace una gran entrada, como diva de ópera: “Apareció el médico en su dintel y le detuvo.” Sin embargo, este personaje sólo aumenta la zozobra de Juan, con palabras como éstas: “La ciencia tiene misterios inextricables … Usted es hombre y nada importa un dolor más unido a los muchos que sufrimos en la vida”.  Por largo rato le plantea enigmas, términos médicos en español y latín y nombres de médicos ilustres, hasta que Juan, totalmente confundido, irrumpe en la habitación, contempla a su hijo y sale horrorizado.

El niño, que el propio narrador considera “un ser espantosamente feo”, tenía “la cabeza enormemente voluminosa y la cara empujada, replegada a un rincón”; un solo ojo, anchos y largos pabellones de las orejas, labio superior dividido en dos (leporino), cuello corto, pecho irregular, columna vertebral jorobada e, irónicamente, seis dedos “perfectamente desarrollados” en la mano derecha.  Como si fuera poco, a la edad de dos años la viruela lo marcó de cicatrices. Es necesario señalar que los problemas que agobian al recién nacido producirían una condición incompatible con la vida.

Al momento en que Zeno escribe, el médico no podía “explicar” por qué ocurría una malformación congénita.  Aún hoy no podemos, por supuesto, explicar por qué ocurre un caso individual, pero la embriología, la genética y la bioquímica han descifrado muchos de los diversos mecanismos que producen estos problemas.  Nuestro conocimiento de la alta incidencia de dos de estos mecanismos, la endogamia y la nutrición deficiente, en el Puerto Rico del siglo XIX, sugiere que las malformaciones congénitas habrán surgido con frecuencia.  Recordemos también el retrato del niño Pantaleón Avilés por Campeche, en 1808.  La reacción del médico de la novela ante el padre es completamente inapropiada, no sólo a nuestros ojos sino para el mismo autor.

En el tercer capítulo, Zeno presenta una reflexión sobre el personaje médico. Se llama Gedeón Haro, un nombre claramente simbólico.  Gedeón, uno de los Jueces del pueblo judío, guerrero poderoso, destruyó los altares a los dioses falsos (Jueces, 6-8).  Don Juan de Haro defendió exitosamente a San Juan contra los holandeses en 1625.  Este médico paladín de la verdad y de Puerto Rico tiene su aspecto emotivo, que aflora en cariño por el niño malformado.  Aceptó apadrinarlo y le puso por nombre Claudio, probablemente una alusión del autor al emperador romano que parecía retardado pero resultó sabio, aunque quizás también en honor al gran fisiólogo francés de la época, Claudio Bernard.

El doctor Gedeón intenta persuadir a Juan, el padre, de la capacidad intelectual de Claudio, que a los cinco años aprendió a leer perfectamente en seis meses y demostraba aptitud para la talla en madera. El médico fundamenta sus argumentos en los postulados de la frenología, una teoría que relacionaba las protuberancias del cráneo con las habilidades y pasiones del sujeto.
 El monstruo
El monstruo

No debo revelar más de la trama, pero puedo comentar una peculiaridad del Prólogo.  Zeno advierte que éste es un libro exclusivamente para hombres, que deben leerlo a escondidas, “cuando todos duermen en la casa”.  La novela atribuye y critica a los varones una reacción de rechazo ante el hijo malformado, en contraposición al amor incondicional que ofrecen las madres, pero otra razón que propone el autor para recomendar “que no enseñemos este libro a nuestras esposas” es que pudiera llevar a su corazón “penosos temores y enojosas inquietudes … Temerían, cada vez que la naturaleza les hiciera una promesa, por el amoroso fruto de su bendición, y ya sabes cuán delicado y vidrioso es este estado  en la mujer”.

Al final del libro hay que preguntarse ¿quién es el monstruo? ¿Claudio el niño, Gedeón el médico,Juan el padre, alguno de los personajes que no he comentado, Puerto Rico o hasta el mismo texto?  En esta ambigüedad, Zeno se acerca a los autores de nuestra propia época.

Espero haberles persuadido de que está justificado celebrar la publicación de El monstruo, como evidencia de los primeros pasos de Zeno Gandía en su tránsito de galeno a literato.  También el libro expone las ideas médicas de un recién graduado en 1878, incluyendo una visión de género de las susceptibilidades y aptitudes de hombres y mujeres.  Aparte de su utilidad como fuente histórica, el texto nos provee un instrumento para entrenar a nuestros profesionales del siglo XXI.  Su brevedad le recomienda como texto base para explorar las condiciones de una buena comunicación entre médico y paciente.  Facilita además el aprendizaje mediante herramientas accesorias como la crítica literaria y el juego de roles o “role-playing”.  ¿Cómo se da a los padres la noticia de una criatura malformada? ¿Cómo reaccionan la madre, el padre, el médico, los vecinos?  ¿Cómo cambian sus reacciones según crece la criatura?  Esta breve obra presenta todas esas situaciones.

Felicito a la Editorial Tiempo Nuevo por su iniciativa y les exhorto a todos ustedes a comprar el libro. Gracias.


Presentación de El monstruo de Manuel Zeno Gandía (San Juan: Editorial Tiempo Nuevo, 2008)
Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 1º de abril de 2009
Por José G. Rigau Pérez, MD, MPH-Academia Puertorriqueña de la Historia



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