NUESTRA CULTURA
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Un día en la oficina (Cuento)

La oficina estaba en el segundo piso de un edificio en la calle Luna. Estaba allí sin ningún aviso o señal de su localización, como si no existiera, como si estuviera escondida. El edificio que la albergaba tenía, a pesar de su aspecto, cierto oscuro encanto. Era una antigua casona de ladrillos y mampostería que aún conservaba su fachada neoclásica. Pero estaba descuidada. Tenía descoyuntados los balcones volados de hierro sin la mayoría de los balaustres torneados. Aquellas hermosas celosías con cristales, los llamados soles truncos, lucían descoloridas en los grandes ventanales de madera embutidos en la pared exterior bajo tejadillos mustios.  Los ruinosos pretiles de la azotea amenazaban con derrumbarse en cualquier momento. Mucho antes fue casa de huéspedes y antes de eso la mansión de una familia de la aristocracia criolla. En el primer nivel, entre el zaguán, el patio interior y las escaleras, se instaló apretada una pequeña taberna sin pretensiones. Se llamaba La Puerta. Tenía en la pared de fondo un espejo enorme con las letras doradas de Bacardí y su murciélago de alas abiertas. Alrededor del espejo, sobre anaqueles de aluminio, chispeaban las botellas de licor. En las paredes interiores agrietadas, fotografías en blanco y negro de mujeres desnudas y paisajes desérticos. Esa mañana dos clientes, en silencio, bebían cervezas.

Eran las diez de la mañana de un lunes ceniciento. El viejo San Juan se recuperaba de una madrugada de carnaval. En la calle San Sebastián la basura se amontonaba en montículos de latas vacías, sombreros aplastados, máscaras ridículas, platos y vasos de papel, y rastros humeantes de vómito y excrementos.
El abogado, propietario de la oficina, dejó su Mercedes en el estacionamiento de Ballajá. Le ardía la cabeza. Bajó por San Justo. Saludó a los mendigos de la calle y les regaló algunas monedas. Antes de subir a su despacho pidió un trago en el bar La Puerta. Era su costumbre.  La mesera lo saludó con una sonrisa sincera. Le sirvió lo de siempre; un whiskey escocés a la roca. El licenciado simuló que buscaba algo en los bolsillos de su pantalón. La mesera hizo un gesto con la mano. El abogado nunca pagaba sus tragos.
La escalera, al lado, exhalaba entre penumbras su olor rancio: el hedor revuelto de las aguas usadas, el vapor de los sudores antiguos de la madera y el aliento vivo del polvo sedentario de los siglos.
Subió a su despacho con pasos lentos y cansados. A cada paso, los escalones de madera crujían como un animal enfermo. El maletín de piel, lleno de papeles y de varios libros, que colgaba de su hombro, pesaba como un demonio. La corbata descendía suelta del cuello desabotonado de la camisa. Tenía ojeras y el agobio de la tensión lo encorvaba. Estuvo todo el fin de semana recluido en su apartamento en Miramar. Se llevó el trabajo para la casa. Tuvo que leer cientos de páginas de un expediente judicial y preparar el bosquejo meticuloso de la estrategia legal de la defensa. “Tanta mierda para nada”, pensó.
La secretaria, una joven hermosa, vestida con un blazer negro, camisa blanca satinada y fino pantalón ajustado, lo recibió con un regaño.
–¿Qué le pasa, licenciado? No me gusta verlo así. No se me desanime. Déjeme arreglarle la corbata– le dijo.
Él se dejó consentir. El perfume femenino lo reanimó un poco. Aprovechó el encuentro cercano con la mujer para amasarle sus nalgas. Ella, con fingida molestia, le retiró las manos de su marcado y firme trasero.
–Mañana es el juicio – dijo él.
–Sí, mañana – dijo ella.
La oficina, bajo el abrigo del techo alto con vigas de ausubo, era modesta. Era mejor así, para no atraer la atención de los recaudadores del gobierno, ni la curiosidad de los agentes federales. Consistía de un pequeño recibidor, seguido por el tabique que separaba el espacio de la secretaria, más una salita llena de archivos de metal con una mesa redonda, y después su despacho privado. Los textos voluminosos de derecho civil y penal reposaban polvorientos sobre tablillas separadas por bloques de cristal. En la pared detrás del escritorio, exhibía el diploma de la escuela de leyes y los certificados de juramento ante el Tribunal Supremo y la corte federal. En otra pared, en un grabado enmarcado, Abraham Lincoln, en sepia, lo miraba con severidad y una sonrisa incierta. En una repisa descansaban dos piezas artesanales de barro: la estatuilla de la dama de la justicia y el busto habitual de don Quijote de la Mancha.
Se sentó en su butaca ejecutiva de cuero bruñido. Respiró y se acomodó en el mullido sillón. Miró, en la esquina a la derecha de su escritorio, la foto de sus dos hijos, uno de diez y el otro de doce años de edad. Recordó que debía llamar a la madre de los niños y decirle que el próximo fin de semana no podría verlos, que el otro sí. Buscó el pequeño cofre dorado donde guardaba el polvo blanco. Con el dedo, se introdujo un poco en las fosas nasales y lo inhaló. Miró hacia el techo robusto.
Llamó a su secretaria. El tono del llamado reveló el motivo. Ella entró y reconoció la seña usual.
– Cerraré la puerta – dijo la mujer desde el umbral.
Luego, se acercó y se arrodilló a los pies del jefe. Él ya tenía el pantalón a la altura de las pantorrillas. Ella se recogió el largo cabello con una banda elástica. Lo tomó con las dos manos. Dio dos chupadas de prueba. El abogado suspiró con gratitud y entusiasmo. Cerró los ojos, mientras acariciaba el cabello de la mujer en cuclillas. Su mano en la cabeza de la joven alentaba el ritmo de la acometida al instrumento. El músculo respondía, enhiesto, como un reptil anfibio. La ansiedad contenida apresuró el instante. En el estallido, el animal poseído se vació completo en la boca sedienta. El fluido espeso goteó rutilante entre los labios floridos de la mujer. El hombre se aferró a los brazos del sillón ejecutivo para no caer del asiento durante las arqueadas de gozo.
Cuando terminó, ella corrió al baño. Llegó a tiempo para escupir el buche en el lavamanos. Después se cepilló vigorosamente los dientes, usó un antiséptico de enjuague bucal y se retocó el maquillaje y el peinado. Saldría del excusado, fresca, perfumada y radiante. Él no se movió de su despacho, yacía allí sentado bajo el sopor de la dormidera. Al rato reaccionó, se limpió con una toalla y se arregló el pantalón.
Ahora se sentía mejor, aliviado, sin la presión en las sienes por la preocupación punzante. Tenía que recuperar la confianza. Acaso no estaba reconocido, a sus treinta y nueve años de edad, como uno de los mejores abogados criminalistas del país. Por eso tenía de cliente, más bien patrocinador secreto, a uno de los comerciantes más próspero de San Juan. Por eso le pagaban muy bien, demasiado bien. Su trabajo habitual era defender a los socios y empleados del empresario de falsas y constantes acusaciones. Pero esta vez la cosa era muy preocupante, tanto que alteraba su acostumbrada serenidad profesional. Uno de los hijos del comerciante fue acusado de asesinato en primer grado. Tuvo una pelea en una discoteca. Un jovencito de su misma edad, de apenas veinte años, se aproximó demasiado a su pareja de turno. Él se enfadó y le dijo algo irritante. El otro tiró primero: un recto a la nariz. Tenía más destrezas con los puños. Se intercambiaron algunos golpes. Los amigos mutuos intervinieron para separarlos. El hijo del patrón salió furioso a la calle, rumiando venganza. El problema fue que, pese a los consejos de sus guachimanes, buscó un revólver, regresó y acechó a la víctima a la salida del club. Le dio un tiro de contacto en la nuca. La víctima murió tan rápido que no tuvo tiempo de reconocer su muerte. Dicen que su aliento aún vaga por los alrededores de la discoteca. Hubiera sido mejor, para la defensa, un disparo limpio de frente. Cosas de la juventud. De tantos que presenciaron el incidente, sólo uno se ofreció a declarar. Es que nadie más vio, ni escuchó nada. El occiso era hijo de una familia prominente de la ciudad. El juicio por jurado comenzaría mañana. No tenía la opción de perder el caso. El gobierno se negaba a negociar. Las presiones de arriba, claro. El hijo del patrón sería condenado a 109 años de prisión. El fiscal contaba con un testigo que lo vio todo, cuyo testimonio sería devastador para la defensa. No hallaba manera alguna, después de leer repetidas veces la declaración jurada del testigo, de impugnar su credibilidad. Con esa evidencia, poco importaba que el arma del crimen no fuera encontrada por la policía.
El teléfono. La secretaria contestó. Abajo, en el bar, esperaban por él. Acudió con recelo y disgusto. Su oficina era su oficina, no el tugurio del zaguán. Allí sonriente, sentado en el bar, estaba uno de los empleados del patrón. La reunión fue breve.
–No se preocupe más, licenciado – le dijo el visitante.
Escuchó en estado de gracia el relato del suceso. El testigo murió. Se ahorcó en el cuarto de un hotel, mientras los agentes que lo protegían desayunaban en otro cuarto. El fiscal tendría que pedir el archivo de la acusación. No había otra prueba, directa o circunstancial. El asunto terminó.
El abogado y el portador de la noticia brindaron, con un palo de tequila, por la salud del patrón y la buena suerte del hijo. Se despidieron con un apretón de manos y la mirada astuta de la complicidad. Regresó a su despacho. Subió las escaleras alborozado. Le dijo a la secretaria que cerrara la oficina y que la invitaba a un buen restaurante de mariscos en Isla Verde. El resto del día sería de fiesta y celebración.



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1 thought on “Un día en la oficina (Cuento)

    1. Buen uso del lenguaje al describir escenas eroticas, fue una buena critica social y ademas me introdujo en la escena al utilizar el lenguaje descriptivo de manera sutil.

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