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En honor a Julio César López



POR: JOSÉ FERRER CANALES
Julio César López
Rendimos homenaje a uno de los hombres más puros que he conocido en mi vida. Esencias éticas, valores acendrados de la cultura cristiana y el humanismo y la exaltación de lo humano, toda esa riqueza se hace presencia en esta noble figura puertorriqueña. Juan Antonio Corretjer, hablándome de este egregio cayeyano, aludía a esa pureza. Yo diría que Julio César López vive, en largos trechos de su jornada, aquella norma que dictó Martí en su ensayo sobre Emerson. “El hombre debe empezar a ser angélico. Ley es la ternura,” que D. Fernando de los Ríos llamó “maximilismo ético martiano”.
Ya he dicho que es cayeyano. Fue para mí verdadera fiesta asistir en la Escuela Superior Vocacional Benjamín Harrison de Cayey, a un acto cultural dirigido por el profesor Héctor M. Vega Ramos, en que se develó un retrato de nuestro homenajeado y se fijó junto a los de otros ilustres puertorriqueños D. Miguel Meléndez Muñoz, D. Eugenio Fernández Méndez y D. Ramón Frade. En aquel altar de patria está ya, por siempre, la imagen del humanista y patriota Julio César López.
Estudiando la conferencia que el inolvidable José Emilio González leyó en el Ateneo Puertorriqueño hace veinte años (1973) sobre el libro Fogatas del Tiempo de Julio César López, nos informamos sobre la vida de este poeta y maestro. Tuvo la bendición de unos padres, patriotas y obreros, don Hipólito López Argüeta y doña Antonia González, y lo acompaña su esposa generosa y fiel, María M. Escalera. Inicia sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, donde fue Presidente de la Sociedad Independentista.
Seguramente han visto esa histórica fotografía en que nuestra admirada maestra, la apostólica Dra. Margot Arce de Vázquez aparece izando la bandera puertorriqueña en los jardines de la Universidad, Recinto de Río Piedras. Allí está la imagen del joven Julio César López.
Como consecuencia de la histórica huelga del 48 en la que los estudiantes clamaban por la autonomía universitaria, es expulsado junto a otros compañeros entre los que recordamos a Juan Mari Bras, Jorge Luis Landing, Iris Martínez, José M. Tejada y Juan Ortiz Jiménez y a los profesores José Emilio González, Eladio Rodríguez Otero, Nieves Padilla, Roberto Beascoechea y a quien esto escribe. Julio César López, después de hacer obra patriótica, se refugia en Caracas, donde trabaja en la Biblioteca Nacional, participa en tareas de la Comisión Editora de las Obras completas de Andrés Bello, y viene en contacto con el egregio puertorriqueño, intérprete de Rodó, D. Clemente Pereda y con el humanista catalán D. Pedro Grases.
Retorna a Puerto Rico y realiza obra periodística. Terminará luego su Maestría en Artes en la Universidad de Puerto Rico, presentando una valiosa tesis sobre El ensayo y su enseñanza (Dos ejemplos puertorriqueños) que publica la Editorial Universitaria en 1980. Es nombrado Profesor de Humanidades en la Facultad de Estudios Generales.
Su obra literaria abarca el ensayo, el aforismo, la poesía y el periodismo. José Emilio González saluda la aparición del poemario de López Fogatas del tiempo con palabra como éstas:
Algunos poemas de Fogatas de tiempo se acercan a las modulaciones del intimismo neorromántico puertorriqueño, alcanzando a veces notas expresionistas, mientras que otros se aproximan al neocriollismo tal como lo vemos en Juan Antonio Corretjer y Francisco Matos Paoli.
Pero en todos se sienta –suma– la nota original, la manera peculiar de enfocar la realidad y de entenderse a sí mismo, que es fruto de la vida individual, única de Julio César López.
Luis Arrigoitía, crítico literario, concluye su juicio sobre la obra de nuestro creador expresando:
La poesía de Julio César López es la creación de un hombre culto, inteligente, sensible y alerta; extraordinariamente humano y probo en épocas de impurezas y debilidad. Cargada de sensualidad y sensibilidad, puede ver el mundo con los sentidos; puede recrearlo con la imaginación rica y fecundada; y puede trascenderlo a través de los valores permanentes y de la gracia sobrenatural.
Ramón Luis Acevedo subraya que “pese al intenso subjetivismo de sus poemas” hay en ellos “continuas denuncias a la deshumanización y la injusticia social del mundo contemporáneo”.
Y Clemente Pereda, al comenzar su alabanza del libro Escalas de la semilla, clama al Creador por el poeta Julio César López:
Que pueda abrir a toda capacidad sus surtidores de belleza. Puerto Rico necesita de hombres como este hijo de Cayey: sano, profundo, serio, rectilíneo, hombre de una sola pieza, que jamás supo de vacilaciones. ¡Qué pueda darnos íntegro, Señor, su preciado Tesoro de poesía!
Yo leo y releo con emoción y gratitud, entre otros, dos poemas de Julio César López: uno, Colina cayeyana que nos transporta a la infancia del artífice:
Colina poblada por mis sueños,
Mis ojos te nutrían surcos.
Mi mocedad azul te coronaba
En el trono de un Cayey lejano.
Compañera de un andén lejano.
En tu sien instalaba mi mundo.
En tu vena vibraba mi sangre.
En tu sombra crecía mi luz.
Verde de mi columna desarmada
Por un asalto de vertical varilla,
Yo doblo del recuerdo la rodilla
En un altar de tarde sepultada.
Y el poema Taller en  honor al padre obrero. ¡Hermoso, extraordinario canto al zapatero en nuestra lengua hispánica!:
Volvió el martillo con su música a casa.
Volvió a la suela con su aroma de pan.
Volvió el corote crepitando alegrías,
Volvió el cabestro a estriar tu rodilla.
Volvió tu voz, y tus manos de callos como flores
También volvieron a ensortijar tachuelas.
Sí, yo escuché la música de un taller
en  días muy azules y esa música
trajina aún oídos fronterizos de ceniza
en la torre de incienso del recuerdo.
Julio César López es educador ejemplar. Su filosofía pedagógica tiene sus raíces en el pensamiento de Hostos.  Múltiples son los artículos y ensayos que consagra al más universal de nuestro pensadores. Una de sus conferencias se titula Hostos: los horizontes de un viajero, de donde tomó estas frases.
… Y nosotros caminamos con la mente, con el corazón, con todo nuestro ser junto a uno de los grandes de Puerto Rico, que es también uno de los grandes de América y del mundo.
Ese puertorriqueño es Eugenio María de Hostos y nosotros queremos sacarlo de un pasado oscurecido y frío o ceniciento e indiferente, donde más bien habitan las momias, para convertirlo “en un amigo que comparta las inquietudes de un presente agitado por otras oscuridades en la vida de nuestra generación”.
Termina el conferenciante esa pieza, iluminadora con afirmaciones como éstas, que tienen un valor autobiográfico, aleccionador:
Un viaje, cuando es peregrinación, no tiene fin. Este lo es. Lo seguirán ustedes por cuenta propia… Yo tengo la mía y seguiré cumpliéndola. Deber de puertorriqueño, de antillano, de latinoamericano. Como lo quiso Hostos. Como lo vivió Hostos.
Igualmente rinde culto a otros héroes de América como José Martí, el Apóstol cubano de nombre inmarcesible como Dr. Ramón Emeterio Betances, profeta de nuestra nacionalidad, héroe antillano, universal. Y al Libertador Bolívar, varón solar, según definición martiana.
Conmovido y en compañía de patriota y poeta Juan Antonio Corretjer, yo escuché a Julio César López leer en un acto celebrado en el Puerto Rico Junior College con motivo del bicentenario del nacimiento de Bolívar, el ensayo titulado Simón Bolívar o la trayectoria de un delirio heroico.
Allí se nos reveló otra vez Julio César López, el poeta, el pensador, el lingüista, el admirador de las glorias de América. Afirmó que “en Bolívar se da una aleación depuradísimo de facultades: pasión, pensamiento, acción, es decir, fuerza emotiva, disposición para el razonamiento, voluntad de acero”. Hizo comentarios sobre el texto Mi delirio sobre el  chimborazo y se interrogó: “¿Es cierto que deviene alegaría? ¿Alegoría que se diluye en río de reflexivo caudal? ¿Poesía? ¿Es acaso pieza filosófica matizada por giros de lirismo? Finalmente interpretó el Delirio como un relato literario que bordea el ensayo como “pretexto técnico para dramatizar el sentido de (la) obra” de Bolívar, a quien llama “portaestandarte de la libertad”.
Ubicada en las huellas de Hostos – aquel ser sin sombra y sin descanso, el de la llamarada escrituraria (como expresó Marcos Reyes Dávila), compromete nuestra gratitud por siempre. Nunca podremos corresponder a sus desvelos, a la pasión, inteligencia y devoción que puso en el análisis, anotación y divulgación de varios textos del mayagüezano impar.
Siempre emocionado ante los valores de América mestiza y ecuménica, nos acercó al “arcangelismo misericordioso y combativo” de Martí, al heroísmo de Betances, y al “valor solar” Simón Bolívar. También estudió el arte de Francisco Matos Paoli y José de Jesús Esteves y el pensamiento de Rufino Blanco Fombona.
¡Gratitud profunda a este sembrador!



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