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Hijo de la basura- Breves consideraciones

Por: PEDRO JUAN ÁVILA JUSTINIANO
Juan de Isá, pseudónimo del escritor y amigo moromanatieño, Juan Rivera Calderón, nos entrega un fruto de su nueva cosecha: la novela Hijo de la basura, de la Editorial Tiempo Nuevo. El acto de escribir, con todas, las complejidades que esto representa en nuestro país, constituye una hazaña. No es mi intensión entrar en una argumentación sobre este juicio; la he traído solo para puntualizar que nuestro escritor, por encima de los muchos escollos y dificultades, ha dado a la luz una obra muy valiosa que enriquece nuestra literatura. Esto, ya es un mérito que reconocemos.

Mario Vargas Llosa, el conocido literato peruano, Premio Nobel de literatura, en su conocido ensayo sobre la novela afirma que el novelista es una especie de buitre. Podemos coincidir con él, sobre todo cuando hablamos de la novela naturalista y neo naturalista. Es que todo acucioso novelista husmea en la carroña humana, entre inmundicias, entre desperdicios y descomposiciones, para con estos elementos que pudieran parecernos desagradables, plasmar una imagen de la vida.
La imagen de la realidad que surge de la novela no es un espejo o fotografía fiel y exacta del mundo. El novelista como buen pintor de imágenes matiza, transforma, inserta elementos y lo más importante, interviene con su particular visión de ese entorno que describe. De esta forma, como afirma Ortega y Gasset crea un mundo hermético, es decir, un mundo cerrado en el cual se instala el lector y  pasa a ser parte de él.
En la novela de Juan de Isá advertimos desde el mismo título la intensión de dirigir nuestra mirada a un escenario de miseria y dolor. La basura en la obra es al comienzo una descarnada realidad que zarandea a todo lector sensible. Por un lado, se nos presenta en el vertedero donde reinan las ratas y el hedor. Es ahí, en medio de los más nauseabundos montículos de descomposición, que transcurre la vida de una de las protagonistas de esta historia.
Por otro lado, es Georg Lukács, el críitico marxista, quien en su Teoría de la novela, afirma que este género debe ocuparse principalmente del ser humano con sus problemas y disyuntivas. A tono con estas concepciones de la novela y como un buen cultivador del arte narrativo, Juan de Isá es consciente de los rasgos y alcances profundamente humanos de su obra.
El relato del alumbramiento de uno de los personajes protagónicos, nos resulta impactante por su crudeza:
  “La Cocha lo parió allí mismo, junto al vertedero. Lo limpió con el agua de un  calabazo…y lo envolvió con unos harapos que había recogido varios días antes para ese propósito” (P.39) Nos dice el novelista.
Se trata, pues de un parto entre moscas y roedores. Literalmente un hijo parido en la basura. Mas, esa basura no se circunscribe a los desperdicios acumulados en descomposición. Son otras las alimañas que serpentean, que se arrastran con malignidad por ese sórdido mundo de fetidez nauseabunda. De modo que desde el mismo comienzo de la narración nos topamos con personajes que luchan con denuedo por su subsistencia y que se enfrentan a la violencia, a las pasiones más abyectas, como lo es el ataque despiadado de la violación. Cito:
  “No pudo defenderse, ya tenía al hombre encima, descompuesto, babeante, asqueroso… Fue doloroso, brutal”. (P. 40).
Nótese que el narrador describe con dramatismo este abominable acto, con un lenguaje que denota la violencia, y la repugnancia. Me parece que el buen manejo del vocabulario en diversas instancias de la obra, es otro de los rasgos sobresalientes de este texto.
Por otro lado, la basura muestra su mueca en aquellos que maquinan y trafican con los sueños y la  necesidad. Varios capítulos de la novela recogen cómo la ambición de hombres sin alma, despedazan la esperanza de los hermanos dominicanos, que abandonan su país y arriesgan su vida, buscando un ilusorio bienestar material. La inserción de este aspecto de la vida de muchos de nuestros vecinos del Caribe, no sólo sirve al autor para poner de manifiesto esa terrible tragedia de la migración arriesgada, sino que le sirve a Juan de Isá para hilvanar los hilos del argumento. La narración presenta una interacción boricua-quisqueyana continua.  Pero no solo eso, a mi modo de ver, vinculan este texto con la corriente antillanista en nuestra literatura, en obras como La peregrinación de Bayoán de Hostos y Puertorriqueños de José Luis Ramos Escobar. Tampoco debemos olvidar las relaciones que desde la época precolombina hemos tenido con el vecino país. Para dar un solo ejemplo revelador, el poeta arecibeño Pachín Marín vivió y trabajó en la República Dominicana; allí engendró una hija que llamó Quisquella. De modo que aunque en la novela de Isá no se incluye a la Antilla Mayor, la obra explicita con sinceridad esa identidad y empatía antillana. Es  importante destacar que en la novela que nos ocupa vuelven a unirse en amor y compromiso, a través de los protagonistas, las dos Antillas.
En este caso el marco ambiental es rural. En la novela está ausente el ambiente urbano, aunque advertimos la cercanía cronológica de los hechos. Quizás algún lector hubiése esperado que el desarrollo de los acontecimientos se diese en la ciudad, donde los inmigrantes ilegales esperarían encontrar trabajo y mejores formas de vida. Sobre todo, en el momento histórico cuando parece desarrollarse parte de la novela, Tiempo del auge de la industrialización y tránsito del campesino a las ciudades más pobladas, como ha ocurrido en diversos países de Hispanoamérica.
El autor , sin embargo, ha querido ubicar la ficción en el campo, una decisión completamente verosímil y justificada, ya que también las fincas alejadas de la Capital y de otras metrópolis, son propicias para que los inmigrantes ilegales se escondan de la autoridades policíacas; asimismo, lugares donde se necesita de obreros dispuestos a laborar en las duras faenas agrícolas. No obstante, esto no nos debe llevar a pensar que estamos ante una obra costumbrista. Si bien es cierto que hay abundantes alusiones a costumbres, decires y actitudes del bueno y noble jíbaro nuestro, estos campesinos no están en la novela para ser representantes de un pintoresquismo, ya algo rancio para el gusto de los lectores de la era tecnológica. Sí me parece que el novelista pone de manifiesto un auténtico tributo a sus raíces campesinas. Sin llegar a atosigarnos discursos directos y farragosos,  privilegia los valores de valentía, honradez y bondad que fueron vivencias del autor en su niñez y juventud. El artista de la palabra no puede dejar de estar ahí, con sus pupilas penetrantes como una cámara que panea y se detiene para dejarnos sentir su reacción indirectamente.
Percibimos el respeto casi reverencial del Juan de Isá por sus raíces, por aquel entorno donde se formó su carácter de hombre pegado a la tierra y a la fe cristiana. Recuerdo que el día siguiente al devastador huracán Georges, Juan me invitó a que lo acompañara a su finca en Morovis para inspeccionar los estragos de aquel fenómeno natural en su plantío. Yo, nacido y criado en el ensanche  de Manatí, alejado de ese mundo natural, que Juan ama con reverencia, he comprendido siempre cuanto significa para este amigo ese mundo, con el cual vuelve a reencontrarse por medio de esta obra.
Es por eso que aunque el punto de vista narrativo es en tercera persona. La omnisciencia de la voz narrativa está permeada de los pálpitos del corazón del novelista, que viene  a ser de algún modo un personaje que se mueve entre los agonistas del relato.
Debo decir que leí con especial fruición los capítulos relacionados con las cambímboras. Mi lectura fue de una agradable intensidad. Penetré con los personajes esas hendiduras en la tierra, para sentir los efluvios místicos y mágicos que impregnaban las paredes tenebrosas de esas cuevas. Sentí halos de misterio, la pujanza de la vida, como si hubiésemos llegado a un mundo más puro y vibrante.  
En Hijo de la basura, además de lo que hemos puntualizado, hallará el lector una trama que atrapa desde el primer momento y que nos es dada en una prosa correcta por su atinado vocabulario y una cuidada construcción gramatical. Ha de conocer un retablo de personajes, por un lado, nobles y sacrificados como Madrina Goya, Chícalo o Remigio, pero también rufianes y asesinos como Inocencio Román y Ricardo Robles.
Antes de concluir estas someras consideraciones, les insto a conocer el excelente estudio de la novela Hijo de la basura, que el amigo y destacado intelectual manatieño, Dr. Raúl Iturrino ha escrito como prólogo a la obra.
Les  reitero mi convicción de que esta novela es una aportación significativa a nuestra literatura, por lo cual les invito a leerla, con el deleite con que se leen las mejores obras literarias. Muchas gracias.

16 de octubre de 2014
Teatro Taboas de Manatí



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