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¿Qué es el Taller de Jazz Don Pedro?



En la década de los 80 solía caminar a menudo por la calle Esteban González en Santa Rita, lo cual inevitablemente me llevaba a pasar por el Taller de Jazz Don Pedro. Ubicado en el sótano de un edificio cerca del Burger King de los poetas y del antiguo local de La Tertulia, el Taller despedía a la calle sonidos fenomenales, un hi-hat en tiempo de swing, un saxofón inventando un nuevo vocabulario cromático, y más cosas por el estilo. Los estragos de un huracán forzaron el cierre de ese espacio, pero el Taller como institución todavía vive. ¿Qué es el Taller? ¿Y quién es Don Pedro? Sigan leyendo para que vean.



El jazz es la música de los incomprendidos. Los amantes de este género musical viven en un mundo de fascinación sin fin, viajando de un emocionante  descubrimiento sónico a otro, a pesar de vivir en un mundo gris y cuadrado que no comparte su entusiasmo con el jazz. Estos audiófilos empedernidos coleccionan datos interesantes sobre esta música y sus intérpretes con la misma pasión que los fanáticos del deporte se memorizan estadísticas de equipos y jugadores.


Después de uno descubrir el jazz el resto de la música popular, especialmente el rock, suena sosa y desabrida. El músico de jazz, al derrocar la tiranía de la partitura, crea con su instrumento topografías personales, tan únicas como la huella de un dedo. Sin el elemento de improvisación, que es lo que caracteriza el jazz, no hay topografía de qué hablar pues la música es tan plana como el papel en que se transcribe.


Transcurrieron casi dos décadas sin yo saber exactamente qué era eso del Taller de Jazz Don Pedro hasta que en 2004 lo averigüé de pura casualidad. Estaba yo una noche en El Boricua, un refugio de intelectos trasnochados ubicado a apenas tres cuadras del viejo local del Taller, y estaba hablándole a un amigo músico acerca del trabajo de mi hermano Milton como ingeniero de sonido para titanes de la música moderna, como el cubano Paquito D'Rivera, la colombiana Marta Gómez, las brasileñas Rosa Passos y Badi Assad, el argentino Carlos Franzetti, y estadounidenses como Ron Carter, Mike Stern, Lenny White, The Persuasions, David Johansen, Larry Coryell y John Abercrombie. Fue mi mención de esos dos últimos nombres lo que motivó a un señor parado cerca de nosotros a autoinvitarse a nuestra conversación y compartir con nosotros su amor y entusiasmo con el jazz. Era Ramón Soto Vélez, director del Taller de Jazz Don Pedro.


"Entusiasmo" es la palabra que mejor describe a Ramón. Tras décadas de fomentar y promover el jazz, mantiene intacto el gozo original que sintió al descubrirlo. Tan entrañada tiene esta música en su persona que encuentro imposible imaginar qué rumbo hubiera tomado su vida si no la hubiera descubierto. Y es así con todos los amantes e intérpretes del jazz. De no ser por el jazz, este mundo definitivamente sería un lugar menos interesante y más triste. En fin, otra deuda cultural que tenemos con Africa. Cito a Eduardo Galeano:


Los ritmos de origen africano están salvando al mundo de la muerte por tristeza o bostezo. ¿Qué sería de nosotros sin la música que del África vino y generó nuevas magias en Brasil, en Estados Unidos y en las costas del mar Caribe?


El Taller nació como iniciativa no de Ramón sino de su madre, Ana Vélez. Difícilmente hay una persona en Puerto Rico que sepa más de jazz que doña Ana, autora del libro de dos volúmenes En Torno Al Jazz. Su primer encuentro con esta música fue puramente casual. A mediados de los 60 encontró unos elepés de jazz en liquidación en una farmacia, a 69 centavos cada uno, y compró varios. Al oírlos comenzó su romance con el jazz, el cual contagió a su esposo Samuel (qepd) y su hijo Ramón, y continúa hasta hoy,


Doña Ana se propuso hacer un estudio profundo del jazz desde el punto de vista sociológico, una odisea de varios años que la llevó hasta la biblioteca Arturo Schomburg en Nueva York y que culminó con la publicación de En Torno al Jazz.


La visité en su casa en la urbanización La Cumbre para entrevistarla para el suplemento En Rojo de Claridad. Se encontraba ahí Ramón y también Ricky Encarnación, otrora bajista de Menudo y ahora entregado al jazz. Estaban los dos escuchando discos de la vasta colección de elepés que comenzó con ese disco de $0.69 que doña Ana compró hacía más de treinta años.


"¿Qué escuchan?", les pregunto. "Es el Phil Woods Quintet", me dice Ramón. Todos los amantes de la música popular norteamericana hemos oído a Woods. El tocó el solo de saxofón en la trascendental balada de Billy Joel “Just The Way You Are” de 1977.  


"El jazz es la música clásica africana, creada por descendientes de esclavos", afirma Doña Ana una vez comenzada la entrevista. Al ella decir eso no puedo evitar pensar por un momento en los ignorantes que creen que es "música de blanquitos". "El jazzista, a diferencia de los intérpretes de otros géneros, se puede salir del pentagrama, y al hacerlo produce los elementos más excitantes de este género musical".


Mientras hablamos me fijo en una enorme foto en blanco y negro enmarcada en la pared, de un hombre tocando tres instrumentos de viento a la vez. Es nada menos que Rahsaan Roland Kirk, un legendario jazzista, ciego casi desde su nacimiento, que efectivamente podía tocar simultáneamente tres saxofones. Siguió realizando esa proeza musical aún después de un derrame que paralizó uno de sus brazos, hasta su muerte en 1977. Incidentalmente, Kirk llamaba al jazz "black classical music" y su música prácticamente no tenía influencia europea alguna que se pudiera discernir.


Si bien es cierto que el jazz llegó a Borinquen desde Estados Unidos, no es menos cierto que la aportación puertorriqueña al género es importantísima. Doña Ana me enumera varios boricuas que dejaron su huella en el género, como los percusionistas Manuel Tió y Ray Barreto,  el pianista Hilton Ruiz, el bajista Eddie Gómez, el inmortal Tito Puente, Noro Morales (cuya sobrina Alicia Torres fue mi maestra de música y además es para mí como una madre postiza), Jerry González, el flautista Dave Valentín, y el organista mayagüezano Ram Ramírez, quien en 1941 compuso "Lover Man" para Billie Holliday, canción que desde entonces ha sido interpretada por Barbara Streisand, Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Whitney Houston, Norah Jones, Linda Ronstadt, Stan Getz, y muchos artistas más. Pero uno de los puertorriqueños más importantes y menos reconocidos en el jazz, me dice ella, fue el trombonista Juan Tizol, quien compuso para Duke Ellington sus éxitos "Caravan", "Perdido", "Pyramid" y "Moonlight Siesta".


Ramón se dedicó a organizar conciertos de jazz y fue por él que su madre tuvo el honor de recibir en su casa a músicos como Dexter Gordon, Frank Foster, George Benson y el gran Miles Davis, entre otros. "Lo que más me impresionó de todos ellos fue su delicadeza, su esmero en complacer y hacer que la gente se sienta bien", me dice ella. "Así pude ver lo injusta que es la sociedad con ellos, porque siempre se les asocia con el vicio y con la degeneración."


Las múltiples facetas del Taller
Nació entonces el Taller de Jazz Don Pedro, el cual es muchas cosas. Primero que nada, los conciertos: el Taller trajo a Puerto Rico a Buster Williams, Billy Higgins, Betty Carter, Tito Puente, los hermanos Heath, Gato Barbieri, el ya mencionado Dexter Gordon, y muchos otros. Los artistas que trabajan con el
Taller se comprometen a realizar clínicas educativas para jóvenes estudiantes de música, las cuales se han dado no sólo en el área metro sino también en San Germán, Ponce y hasta Lares.


El Taller también produjo varios programas radiales de jazz. El último fue En Tiempo de Jazz, que yo escuchaba fielmente por la ponceña WEUC, muy buena emisora, hasta que la destruyeron Beto Morales y el Opus Dei en el año 2000. Ramón, que era el animador, constantemente llamaba cronopios a los grandes músicos, lo cual causó que ocasionalmente recibiera llamadas de oyentes que le decían que eso era un disparate, que era un uso incorrecto de esa palabra que inventó Julio Cortázar. Esas llamadas seguramente eran de radioescuchas ponceños; es que los ponceños no desperdician una oportunidad para corregir a alguien, especialmente si ese alguien no es ponceño. Ramón me explicó que usa la palabra cronopio como traducción al español del término eulypions, criaturas míticas dotadas con sobrenaturales poderes musicales, inventadas por el ya mencionado Kirk.


No menos importante fue la sede del Taller en Santa Rita. Era una tienda de discos, un espacio de ensayo para músicos y estudiantes y un punto de reunión para los amantes del jazz. En los años 80 visitó el local una madre con su hijo de 14 años. Le dijo a Ramón que el nene era saxofonista y que quería aprender jazz. Se le dio la bienvenida y ahí comenzó su épico viaje musical. De hecho, el primer concierto del Taller de Jazz Don Pedro al que asistí fue en 1986 en el Colegio de Abogados (la primera vez que puse el pie en ese edificio) y la estrella del evento fue precisamente ese mismo joven saxofonista. Su nombre: David Sánchez, hoy día un jazzista internacionalmente reconocido.


Otro local que tuvo el Taller fue el Museo del Jazz, que estuvo ubicado en los años 80 en la calle San José del Viejo San Juan. En esa misma calle había una librería, que incidentalmente se llamaba Cronopios (en donde yo trabajé una vez, cuando tenía otro nombre).


A fin de cuentas, ¿Quién es Don Pedro? Doña Ana me confirmó que es Pedro Albizu Campos, quien ella me aseguró que gustaba del jazz y que había frecuentado clubes de jazz durante sus años como estudiante de derecho en Harvard. Para Ana y Ramón, la música jazz, de origen africano pero universal a la vez, va a tono con los ideales independentistas y antiimperialistas de Don Pedro.


(Una versión de este artículo salió publicada en Claridad el 12 de febrero de 2004)








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