NUESTRA CULTURA
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Calibán y la revolución en el Caribe



POR RAUL GUADALUPE DE JESÚS


El texto de Roberto Fernández Retamar abrió una discusión sobre la producción simbólica en el Caribe que tuvo un impacto continental y mundial. Más allá de la supuesta tristeza cósmica que produce vivir en una isla, según Antonio Benítez Rojo, Fernández Retamar, al igual que Lezama y Palés Matos, entienden el vivir en una isla como una pausa para reflexionar sobre los vínculos entre las distintas regiones del Caribe. Pausa que está marcada por nuestra alegre transculturación. Los pesimismos, los posibilismos y el juego colonial se lo dejamos a los sucedáneos de Pedreira.
Calibán en su expresión ensayística nace del personaje alegórico cifrado por Shakespeare en su drama La tempestad. Personaje alegórico que expresa la visión tejida por el imperio euroccidental, en sus visiones de derecha y de izquierda, sobre las culturas del Caribe. El Calibán del intelectual cubano también posee una genealogía caribeña que él mismo explica en su ensayo. Es Georg Lamming, en Los placeres del exilio, quien comienza su acto de contraconquista y descolonización en su crítica a la visión del Caribe configurada por los poderes imperiales europeos. Lamming es uno de nuestros intelectuales que rompe con esa visión hegeliana del Caribe, con la llamada dialéctica del amo y el esclavo expuesta por el filósofo alemán en la Fenomenología del espíritu.
Recordar que Martí y Hostos ya habían abierto el sendero de esa reflexión anticolonial es un lugar común. Sin embargo, ese sendero se vierte en nuevas formas y expresiones en otros intelectuales de nuestro archipiélago. José Lezama Lima, si bien no identifica al personaje alegórico, sí crea sus propios personajes para explicar la cultura de nuestra América. Uno de ellos nace de sus conferencias, tituladas La expresión americana, en la que el autor crea un personaje simbólico para tejer desde el lenguaje poético la unidad de los elementos que vinculan a las culturas del Caribe con las demás culturas iberoamericanas. Al personaje lo llamó sujeto metafórico. Sujeto que opera sobre un paisaje y un espacio gnóstico donde produce el horno transmutativo de nuestras culturas. Estas unidas, al decir de Glissant, por las cadenas invisibles que la economía de la plantación esclavista nos impuso en cada una de las regiones del archipiélago.
Cadenas que fueron rotas por las gestas de esclavos y cimarrones en el Santo Domingo francés del siglo XVIII que desembocó en la primera respuesta política regional a Europa, la revolución haitiana. No se equivocaba Betances en poner su atención en las raíces de la revolución en el Caribe resaltando la importancia de Toussaint L´Overture y Alejandro Petion. La revolución haitiana abrió un período revolucionario en nuestras islas que se extendió hasta el proceso en Grenada. Revolución que tuvo un fuerte impulso por el proceso revolucionario cubano, que todavía se mantiene de pie, desde donde se comenzó a repensar el Caribe.
Un Caribe que el sistema de educación colonial puertorriqueño ha alejado de nuestra memoria. Nuestros estudiantes en todos los niveles no conocen la proximidad cultural y regional que nos vincula a Grenada, a San Vicente o a Martinica. Seguimos reproduciendo la simbología hispanófila y anglófila en las aulas y en nuestra vida cotidiana. No es que rechacemos la aportación de la cultura española y la inglesa (en el caso de Puerto Rico, la angloestadounidense) sino que reubiquemos la aportación africana en una línea productiva y positiva para nuestra identidad. La cultura popular puertorriqueña es antillana como bien señaló Palés. Una cultura que produjo, y produce, los ejes centrales de nuestra identidad cultural. Palés al exponer su concepción de nuestra identidad no sólo se alejaba de Pedreira y su círculo, sino que de forma intuitiva se acercaba a las concepciones que Mijail Bajtin desarrolló en su estudio La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Bajtin nos dice que en ´´… el realismo grotesco (es decir en el sistema de imágenes de la cultura cómica popular) el principio material y corporal aparece bajo la forma universal de fiesta utópica. Lo cómico, lo social y lo corporal están ligados indisolublemente en una totalidad viviente e indivisible. Es un conjunto alegre y bienhechor. En el realismo grotesco, el elemento espontáneo material y corporal, es un principio profundamente positivo que, por otra parte, no aparece bajo una forma egoísta ni separado de los demás aspectos vitales. El principio material y corporal es percibido como universal y popular, y como tal, se opone a toda separación de las raíces materiales y corporales del mundo, a todo aislamiento y confinamiento en sí mismo, a todo carácter ideal abstracto o intento de expresión separado e independiente de la tierra y el cuerpo. … El portador del principio material y corporal no es aquí ni el ser biológico aislado ni el egoísta individuo burgués, sino el pueblo, un pueblo que en su evolución crece y se renueva constantemente. Por eso el elemento corporal es tan magnífico, exagerado e infinito. Esta exageración tiene un carácter positivo y afirmativo. El centro capital de estas imágenes de la vida corporal y material son la fertilidad, el crecimiento y la superabundancia. Las manifestaciones de la vida material y corporal no son atribuidas a un ser biológico aislado o a un individuo económico privado y egoísta, sino a una especie de cuerpo popular, colectivo y genérico…´´
Bajtin describe precisamente la cultura de Calibán, que es la cultura popular antillana, que hoy no es ni europea ni africana, sino antillana. La disonancia de Palés con los escritores de la generación del treinta fue sumamente importante y productiva. No solo se opuso a los planteamientos del fundador del Departamento de Estudios Hispánicos, Antonio S. Pedreira quién sostuvo, entre otras cosas, que ´´… El elemento español funda nuestro pueblo y se funde con las demás razas. De esta fusión parte nuestra con-fusión.´´ La confusión ha sido la reproducción de estas cadenas del prejuicio racial, que Pedreira y su círculo conceptualizaron, en la ideología de la identidad que se impuso en la Universidad de Puerto Rico y en las instituciones culturales de la colonia, como el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Otro miembro del círculo de Pedreira, el lingüista Rubén del Rosario, en su afán de invisibilizar la aportación africana a nuestra cultura llega a establecer que nuestro acento castellano proviene de los indígenas. Rubén del Rosario no consideró que en términos histórico-cronológicos la convivencia entre los esclavos negros africanos y los campesinos españoles fue mucho mayor.
De esa ideología de la identidad nacional puertorriqueña forjada por el círculo de Pedreira nace la profunda subestimación a la aportación cultural de los negros esclavos que todavía rige el horizonte social de nuestra definición. Esa definición nos ha separado del resto de las culturas del Caribe y ha soterrado los fundamentos colectivos y solidarios de nuestra cultura popular puertorriqueña. Sostener que dicha bifurcación no existe debido a que los países del Caribe se están puertorriqueñizando es proponerle (o desearles, que es peor) a nuestros vecinos la asimilación del modelo colonial (o neocolonial) estadounidense con sus consecuentes desgracias (como a su manera lo propone Edgardo Rodríguez Juliá).
Ciertamente, a la prolongada revolución de Calibán se han opuesto, en diversos momentos históricos, períodos contrarrevolucionarios como el que estamos viviendo. La vida material y corporal que produce prácticas colectivas y de alegre solidaridad se ven reprimidas en nuestra isla por las redes culturales de la democracia representativa angloestadounidense. Redes que han imposibilitado nuestra identificación con las demás culturas del Caribe, aislándonos de nuestros vecinos, y asimilándonos a la cultura de occidente tal y como lo proyectó Jaime Benítez.


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