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La Plaza del Mercado de Santurce y los lati[dos] del corazón

POR: EDISON VIERA CALDERON

Vista de la Antigua Plaza del Mercado en Santurce. (1959)
Foto de Puerto Rico Historic Building Drawing Society
A Leonor Cantera, Josep María Blanch, y a mi amada compañera de faenas creativas, Bernice Enid Tapia González, ya que sin ellos el trabajo investigativo de la Plaza del Mercado de Santurce no se hubiera cocinado con las mejores especias caribeñas y la sonoridad de la palabra. He aquí parte del fruto ya madurado.

Al panita Christian de la Cruz, por la colaboración técnica en la captura de imágenes del Puerto Rico Ilustrado.


A principios de la década de 1900, la población cangrejera le reclama al Municipio de San Juan, que construya en el barrio de Santurce un centro de distribución de productos agrícolas. El Administrador del Ayuntamiento de la ciudad capital, adquiere en el 1909, un pedazo de terreno para construir una Plaza del Mercado en Santurce. La oportunidad de adquirir ese solar llegó, cuando doña Isabel Látimer y Fernández viuda de Carreras, decide segregar una parte de su finca urbana en la parada 19 de San Mateo de Cangrejos.

Según documentos del Registro de Propiedad este solar quedaba “… en la sección Norte del barrio de Santurce de esta ciudad; tiene una cabida de dos mil quinientos cincuenta y cinco metros doce centímetros cuadrados; y linda por su frente, Oeste con una línea de cincuenta y seis metros, con la calle de Dos Hermanos, por la derecha, Sur, por una línea de cuarenta y cuatro metros veinte y tres centímetros con solar de Don Luiset Gonzalez, por la misma derecha, Sud, y en una línea de cuatro metros con terrenos de Doña Barbara Fernández de Látimer, por la izquierda, Norte, con una longitud de cuarenta y cinco metros treinta y un centímetros también con terrenos de Doña Bárbara Fernandez de Látimer y por el Este, con una longitud de cincuenta y seis metros con solares segregados de la principal, los que hoy pertenecen a doña Nicolaza Romero de Becerra, Don Arturo Font González, Don Angel Paniagua y don Anselmo González Padín. Es segregación de la Finca número ocho, inscrita al folio cuarenta y uno, tomo primero de Santurce. Norte, inscripción primera. (…).

Doña Isabel Látimer y Fernández, viuda de Carreras, de treinta y siete años, y vecina de la ciudad de New York, con domicilio en el número setenta y cinco, lado Oeste, de la calle número ciento cuarenta y uno, adquirió la finca de este número como parte de otra de mayor extensión por donación que le hizo doña Bárbara Sabas Fernández y Dorado, según resulta de la citada inscripción primera, y por el título que motiva la presente, Don Arturo Carreras y Delgado, de cuarenta y tres años, casado, del comercio, vecino de esta ciudad, con domicilio en el barrio de Santurce, [a] su nombre y [en] representación de doña Isabel Látimer y Fernández, vecina de New York, … vende el solar de este número al Consejo Municipal de esta ciudad por precio de dos mil quinientos cincuenta y cinco dollars, doce centavos…

En su virtud el Consejo Municipal de esta Capital, inscribe á su favor el dominio de la finca de este número que adquiere á titulo de compra y sin condiciones especiales, habiéndo sido representado en la escritura por el Honorable Alcalde Interino de esta ciudad, Don Francisco Ponte y Jiménez, de veinte y nueve años, propietario y vecino de esta capital…”. (Registro de la Propiedad, Tomo 7, Folio 234, Finca 306).

La compra de estos terrenos, por parte del Municipio de San Juan, no fue tarea fácil. Aunque el solar aparecía registrado a nombre de doña Isabel Látimer y Fernández, para ese entonces fueron muchas las familias que alegaron que los verdaderos dueños de ese solar eran los Andino. Sobre este litigio, señala doña Rosa –una de las protagonistas de una investigación que realicé hace varios años en Espanya, con el propósito de obtener mi grado doctoral en Psicología Social para la Universidad Autónoma de Barcelona–, lo siguiente:
“Por allá habían unos terrenos vacíos, [donde] vivió el viejo Andino y su familia, un señor de color, que me dicen que [fue] hijo de uno de los esclavos de la viuda Látimer, la señora Marqueza. Porque esa gente tuvieron esclavos. Ese hombre vivía allí. Estuvo a cargo de todos esos terrenos. Ella se lo regaló a él, y cuando él murió allí hubo un pleito grandísimo, porque fueron un montón de familias las que querían esos terrenos que hoy pertenecen a la Plaza del Mercado. Pero, ellos no tenían títulos de propiedad. ¿No sé que pasó? ¿Quiénes fueron los herederos directos? No lo sé. … Los Látimer [eran] uno de los herederos directos, habían otros, creo que los Fernández. Todo esto lo sé, porque muchos años después, cuando éramos señoritas, una hermana mía se casó con el hijo de una de las hijas de los Látimer. El papá del era de apellido Delgado y la mamá era Látimer. ¡Sí!, Látimer”. (en Viera-Calderón, 1996: 290)
El Municipio de San Juan adquirió este solar, y a pesar de todas las reclamaciones que surgieron meses más tarde, sobre quiénes eran los dueños realmente de los terrenos, emprendió la tarea de construir, entremedio de la calle Dos Hermanos y la Canals, la Plaza del Mercado diseñada por el ingeniero de la ciudad, el señor Montilla. La estructura era “… de hormigón armado, de una sola planta con techo de teja de asbesto sobre armadura de acero, y mide treinta y nueve metros por el Este y Oeste, y diez y seis metros ochenta y dos centímetros por el Norte y Sur, ocupando una superficie de seiscientos cincuenta y cinco metros noventa y ocho centímetros cuadrados. …Su valor es de treinta y dos mil dollars” (Registro de Propiedad, Tomo 7, Folio 235, Finca 306). Este Mercado fue inaugurado en 1910. Sus facilidades proveían espacio para la venta de productos sobre mesas de piedra, contando con un área enjaulada destinada a la venta de carnes del país. Además, los placeros contaban con una modesta planta de refrigeración para sus productos perecederos.[1]
Llegaron los aprovechao: comerciantes y enriquecidos
Con la inauguración de la Plaza del Mercado de Santurce, no solamente saldrían beneficiados los residentes de este barrio, porque ahora no tendrían que abastecerse de alimentos en la Plaza del Mercado de San Juan, sino que también resultaron beneficiados varios comerciantes de San Juan. Tan pronto se edifica la estructura del Mercado, algunos comerciantes de la ciudad capital optan por comprar solares contiguos a la Plaza, ya que seguramente preveían que, según pasasen los años, el área cobraría importancia. Uno de estos comerciantes lo fue Don Anselmo González Padín, quien: “… con el consentimiento de su esposa Doña Francisca Cueto y Rodríguez dedicada á las labores propias de su sexo, de cincuenta y cinco años y cuarenta y nueve años …don Anselmo, comerciante, adquirió el solar registrado [hoy] á primero de julio de mil novecientos diez, en la parte Norte del barrio de Santurce de esta capital… [que] colinda por la izquierda sud con una calle que parte de la Canals, á la plaza del Mercado de Santurce y por la espalda Oeste con la indicada Plaza del Mercado, y que en dicho solar enclava una casa terrera, de maderas con techo de hierro galvanizado frente a la citada calle de Canals.” (Registro de la Propiedad, Tomo 5, Folio 200, Finca 216).

Abrir un negocio o comprar un solar, en una de las calles colindantes con el Mercado, a los comerciantes no sólo les cuadriplicaría el valor de su propiedad, sino que por la ubicación del terreno, a la larga obtendrían buenos beneficios económicos. Estos tendrían a una clientela prácticamente cautiva y segura, que todo el tiempo compraría sus productos. Por dar un ejemplo, los pasajeros que se bajaban de los vagones del tranvía en la Estación del Parque Borinquen en el Condado, atravesaban fácilmente de la calle Loíza, que era prácticamente un camino de arena, hasta la calle Canals y, desde ahí caminaban a la Plaza del Mercado de Santurce para comerse una rica fruta o comprar unas viandas en algunos negocios colindantes. Los clientes que no deseaban caminar hasta el centro de abastos y los locales circundantes, se montaban en uno de los vagones del tranvía en la Estación del Parque Borinquen, y recorrían paralelo al litoral del Atlántico, parte del Condado, de este a oeste, hasta llegar a la faja rocosa que bordea la laguna del Caño de San Antonio. El conductor del tranvía, cruzaba el puente de “Dos Hermanos”, hasta desembocar en Santurce. En ese trayecto, entre Cangrejos y el poblado de Río Piedras, una de las paradas más solicitada lo era específicamente la 19, donde el conductor de los carros eléctricos dejaba y recogía pasajeros que compraban en la recién inaugurada Plaza del Mercado.
Encuentros fugaces o imperecederos
A principios del siglo XX, en el barrio de San Mateo de Cangrejos-Santurce, se multiplican los espacios públicos y privados que posibilitan un sinfín de encuentros obligados entre personas de diferentes sectores socioeconómicos y raciales. El crecimiento en la transportación pública, el desarrollo y rehabilitación de edificios –tanto gubernamentales como del sector privado-, y la construcción de nuevas viviendas para acomodar el grupo de inmigrantes que continuamente estaban llegando, entre otras cosas, contribuyó a una concentración forzosa de gente que necesariamente tenían que verse obligadas a intimar o a confraternizar colectivamente en los espacios públicos o privados que se encontraban esparcidos a lo largo y ancho de esta barriada. Según manifiestan algunos protagonistas de la investigación que desarrollé para la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, muchas familias –tanto las ricas como las empobrecidas– se veían con frecuencia en los espacios públicos y privados del barrio de Santurce. Estos hablaban o chismeaban desde un balcón al otro, se encontraban en los vagones del tranvía, en el traspatio de su casa, en la calle, en la cocina de sus patronos, en el trabajo, en la escuela, en la iglesia, en el hipódromo de la parada 20, o en el Mercado. Se podría alegar que, en aquellos tiempos, prácticamente todo el mundo se conocía e intimaba en los espacios antes señalados.

Tanta intimidad tenían los cangrejeros que, la mayoría de los vecinos de Santurce sabían por ejemplo, de quién era hijo una persona –no importara lo lejos o cercano que viviera–, o en qué trabajaba don fulano o mengano. También conocían los sucesos o noticias que acontecían en la vecindad, durante el día o la noche, ya que tanto los hombres como las mujeres, niños o ancianos, les encantaba transmitir información de boca en boca. Por tal razón podemos afirmar que, casi nada de lo que ocurría en su entorno, a los cangrejeros se les escapaba. Todos estaban pendientes, unos de los otros; prestos la mayoría de las veces a ayudarse. El barrio, las calles, la escuela, el cine, el Mercado –por mencionar algunos espacios planificados–, tal como estaban desarrollados, arrejuntaba a todos los cangrejeros.

Esta heterogeneidad obligaba algunos blancos, negros y mulatos, a mantener interacción verbal y física en algunos espacios públicos y privados de la zona “urbana” de Cangrejos. Estas proximidades diversas se observan por ejemplo, a partir de la década de 1910, en el 20, 30 –y así sucesivamente–, en la comunidad de Campo Alegre –donde estaba situada la Plaza del Mercado–, y en la calle Villamil en Santurce, donde un nutrido grupo de familias de niveles socioeconómicos altos, prácticamente tenían que “verse forzadas” a compartir sus espacios comunes, con personas que no tenían su mismo nivel económico y financiero. Las viviendas de los empobrecidos eran frágiles, inseguras y muy humildes, en comparación con las de los enriquecidos.
Las juntillas de los pequeñines amigos para el disfrute de las pasiones de la calle
En la década de 1930, por ejemplo, las pequeñas juntillas de amigos de diversas tonalidades de piel, se divertían en las calles aledañas a la Plaza del Mercado, con juguetes de fabricación doméstica, tales como chiringas, capuchinos, cometas o volantines, carritos de madera, y hasta con aros de metales accionados por un alambre. Por cierto, el último juguete mencionado –los aros de metales-, era el más popular entre todos. Casi todos los días era común ver, entremedio de los clientes que caminaban por las calles que circunvalaban la Plaza del Mercado, a un feliz y entretenido jovencito, que iba accionando con un alambre su aro de metal. Otros juegos de antaño, lo eran “los famosos cuadros de la peregrina que los niños dibujaban en la calle, las líneas que se garabateaban en el suelo para iniciar el juego del pañuelo, la Cebollita, Libre el Palo, Ambos a dos matarile… rile rile…, Un… dos… tres, pescao… Brinca la tablita… que yo la brinqué, bríncala tú ahora que yo me cansé” (Matos, 1994: 8). Imaginamos que algunos de estos juegos tradicionales se practicaron en las calles circundantes a la Plaza, principalmente por las noches, cuando ya no había el marullo de gentes, que por lo regular iban a comprar o vender productos agrícolas en el Mercado.

Asimismo para esa época, también se practicaban en las calles de la barriada de Campo Alegre otros juegos, tales como el Rescate, la Biyalda o el Caimán. Precisamente Fuentes, otro de nuestros protagonistas, cuando todavía apenas era un niño, tenía la costumbre de sacar algún tiempo por las noches, para jugar en la calle uno de estos tres juegos tradicionales. Este cangrejero señala que:
“En la [calle] Labra jugaba con los hijos de los Ferrer. Jugaba con Miguel Ferrer. Jugaba con Miguel Ferrer que es arquitecto o ingeniero y con su hermano, Alberto Ferrer, que es abogado. (…). [Todos ellos] venían de noche a jugar rescate. El rescate era un juego que venía ahí uno y salía… se quedaba uno ahí para’o, otros se iban corriendo, y entonces uno se iba detrás a tratar de cogerlos. Si uno los veía, decía rápido su nombre, y tenía que venir corriendo a tocar el poste. Ese era el rescate. También en la calle se jugaba biyalda. Uno cogía un palo de escoba, un palo largo, se amolaba en las puntas, se ponía un pedacito de madera en la tierra, y el que lo lanzara más lejos ese ganaba. Otro juego que jugaba con los Ferrer era el Caimán. Se hacían tres hoyos y se tiraba con bolitas en cada hoyo. Era de los más divertido” (Fuentes, en Viera-Calderón, 1996: 456-457).
Entendemos que la mayoría de los niños varones se ponían a jugar en la calle, porque seguramente todos los allí presentes se conocían de antemano. Estos casi nunca tomaban en consideración si sus amigos eran ricos o pobres, negros o blancos; lo importante era jugar, gastar energía y entretenerse. Esto es confirmado por el protagonista Fuentes, cuando dice que:
“(…). Ellos [los Ferrer] vivían ahí al lado. Nos llevábamos bien.
Antes , to’ esa gente no tenía complejo, [porque] to’ ellos jugaban con to’l mundo. To’l mundo jugaba. (…).
(…) Toda esa gente, se criaron conmigo. Pa’ dondequiera iban conmigo. [Iban] pa’ la Plaza. Pa’ dondequiera caminaban. (…). To’ jugaban con uno” (Fuentes, en Viera-Calderón, 1996: 456-457).
Ahora bien, cabe preguntarse ¿dónde fue que este niño –por cierto, negro y pobre– conoció a los hijos de la aristocrática familia Ferrer? Probablemente los conoció jugando ahí mismo en la calle. Ya que para esos años, debido a los pocos automóviles que transitaban por las vías de rodaje, las calles de este vecindario se convirtieron por un tiempo en el espacio o lugar preferido por los niños o jóvenes para realizar cualquier tipo de actividades lúdicas, preferiblemente los juegos tradicionales. Como las calles eran amplias, abiertas y sin muchas obstrucciones, para los muchachos de la vecindad, estas se convirtieron en un lugar de encuentro y comunicación.

Por tanto, podemos asegurar que, las calles de Santurce –pero principalmente las de alrededor del Mercado–, para ese entonces, se constituyeron en un lugar de estancia cotidiana, de socialización y de interacción social. Poco a poco, “la calle” se llegó a convertir en lo que podríamos llamar coloquialmente en toda una escuela de la vida. Ya que en la misma se generaba, a partir de una variedad de juegos infantiles, toda una serie de valores y actitudes, tales como la sociabilidad, la afectividad y los intercambios de pareceres. En fin, este espacio rescatado por los niños, no era un sitio de separación ni de exclusión, sino un lugar donde éstos disfrutaban en plena armonía, aprecio y convivencia con su prójimo.
El disfrute de la vida
También la música ha jugado un papel importante en la cohesión e interacción social de los seres humanos (Montalvo del Valle, 1992). La música exige una participación plena de la gente. Según el sociólogo italiano Maffesoli (1983), la música conmociona mediante un frenesí a todas las sociedades, les recuerda su carácter colectivo y devuelve, casi siempre, una nueva vitalidad a la gente. Utiliza el entremecimiento del afecto y, el temblor del cuerpo en trance.[2]

En las barriadas nuestras –las caribeñas y latinoamericanas–, a pesar de las carencias materiales que existen, de las tristezas y las angustias que a veces observamos, el humor y el goce cotidiano por la música parecen ser eternos. Este deleite quizás se deba, a que entre los trabajadores, es común que se cree todo un deseo por tener una vida mejor, con más tiempo para sí, con más tiempo para divertirse. No obstante, por la falta a veces de recursos económicos, el tiempo libre de la gente que vive mayormente en las barriadas, está centrado en muchos casos, a sintonizar en sus hogares varias radioemisoras. Estos confían mucho en la información que se emite a través de las ondas radiales, a su vez este medio les sirve para escuchar música, pasarla bien por un rato, y hacerles partícipe –en cierta medida- del colectivo (Saraceno, 1986).
En las casas y en las calles de las barriadas, la música sube de volumen y las canciones se cruzan desde un sinfín de radios y tocadiscos en competencia. En ocasiones, la gente sale a los balcones para cantar y bailar. También invitan a sus vecinos más cercanos a que se les una en el bailoteo, en la pachanga, para continuar así reforzando los lazos de amistad preexistentes y que se sientan a su vez integrantes solidarios del placer y el goce cotidiano que da la música.

En otros momentos, la buena empatía vecinal y la participación en grupos, se manifiestan de manera mucho más activa e íntima en los espacios públicos y privados. Por ejemplo en la década de 1930, las actividades festivas, sobre todo danzantes, se desarrollaban en un ranchón de madera, en una de las calles que circunvalaban la Plaza del Mercado de Santurce[3]. En un fragmento de su testimonio, Machuca –uno de los varios protagonistas que menciono en este manuscrito–, precisamente nos describe dónde exactamente era que se celebraban estas actividades festivas. El dice que:
“Ahí en la Plaza del Mercado, frente al edificio ese amarillo, donde está la barbería, ahí era que daban los bailes en un ranchón de madera. Los bailes de Nini López eran ahí en la plaza. Había un ranchón grande, así, donde la gente por un peso entraba a bailar. Adentro vendían arroz con pollo, y to’ esas tonterías” (en Viera-Calderón, 1996: 414-415).
En esa misma década, la del ’30, los bailadores que frecuentaban este lugar provenían principalmente de la parada 21 y sus alrededores. Para aquel entonces, el disfrute de la vida se concebía, al menos en parte, como una actividad social: se valora y se goza la interrelación –mucha de la cual como hemos visto en la anterior cita–, se encuentra indisolublemente vinculada a los sentidos.

Por lo general, placeres sensoriales, como el sabor o el deleite auditivo –inseparables de nuestra biología–, se han de desarrollar a partir de la historia y la cultura de una nación. Por lo que es posible imaginar, que en este ranchón de madera se tocaba y bailaba mucha de nuestra música caribeña –tales como el bolero, el son, el guaguancó, entre otros ritmos–, acompañados casi siempre por una gran cantidad de tragos, y como bien dice nuestro protagonista, por comida.

No todos los espacios, en y alrededor de la Plaza del Mercado de Santurce, fueron construidos o utilizados con el propósito de solo apestillarse y bailar en una sola loseta. Cabe destacar que, entrada la década del 40, la Marina de Guerra de los Estados Unidos, construyó una Base Naval en San Juan, específicamente en los terrenos de Isla Grande; destacándose en esta área, miles de marinos estadounidenses. Escribano, otro de los protagonistas de esta historia, asegura que: “Tan pronto se terminó de construir la Base Naval de Isla Grande, ahí fue que se formó el lío de los pastores. El asunto de la vida nocturna en San Juan se agravó, porque los soldados norteamericanos tenían ahora a las mujeres de to’ los países ahí disponible. Así podían pasar un rato alegre”.

Como esta Base Naval quedaba a unos 10 ó 15 minutos de la comunidad de Santurce, era frecuente encontrarse con marinos caminando hacia esa área. De acuerdo con otro de los entrevistados, Farrait, los soldados y marinos se dirigían principalmente hacia la parada 19, “porque desde el 40 pa’lante, con la Guerra, proliferaron por ahí un par de bares”. Al respecto, Grau –un ex/estudiante de la Escuela Superior Central–, añade que:
“Tan pronto llegaron los marinos, surgió el “Navy Bar’. Un negocio de putas. Lo abrían desde bien temprano en la noche, hasta casi la madugá. Allí se bailaba, se comía, se trasnochaba. Al lado opuesto de ese negocio, en la parada 21, en los altos de una casa en la [avenida] Ponce de León, también pusieron un Cabaret. Se llamaba el ‘China Dolls’. Allí tocaban orquestas. Grupos de música. Mayormente, quienes venían a bailar ahí, eran
las muchachas de Miramar… Quiero decir las sirvientas.
Estas muchachas venían del campo. Eran muy bonitas. Tenían los ojos negros. Los sábados se ponían unos trajes de tela barata de la época, y se echaban encima un pote de ‘Pompeya Beauty’, un perfume que se olía de aquí a Ponce, y se iban allí a bailar. Entonces, los marinos y los soldados que frecuentaban mucho ese lugar, se ponían a bailar con ellas en el salón. Después, algunas de ellas se iban por ahí a acostarse con los marinos”.
En los alrededores de la Plaza del Mercado, en la calle Dos Hermanos, en un pequeño hotel, era donde la mayoría de las veces los marinos pasaban la noche. Este hotel, según nos indica uno de los placeros de antaño, Jaime: “quedaba en la parte Sur de la plaza, donde está el estacionamiento ahora. Era una estructura en madera, de dos pisos. Arriba el hotel y abajo un bar. Se llamaba ‘La Rosita’. A ese especie de hotel, venían muchos marinos a dormir con mujeres”.

“Cada vez que venían los barcos al muelle, ‘La Rosita’ se llenaba de marinos. Ese hotel –nos dice otro placero, Tellado–, se llenaba de marinos y de solda’o. Después ellos bajaban por la escalera y se ponían a vacilar con las mujeres que iban al Bar de Darío. Allí muchas mujeres iban a vacilar de noche”.

“Era un prostíbulo. En aquel tiempo, –sigue añadiendo Jaime, a lo ya relatado por Tellado–, yo no sé cómo la gente veía el Bar de Darío, pero estuvo años allí. Allí llegaba la policía y llegaba to’l mundo. No pasaba na’. La gente como que se hacía de la vista larga”.
El bar, ¡territorio materno y hospitalario!
Otro lugar de entretenimiento, de encuentro o sitio de reunión que servía –y sigue sirviendo- para congregar a varios amigos, y el cual es muy común observar en estas barriadas, y por supuesto, en y alrededor de la Plaza del Mercado: eran los bares tradicionales o comunes. Allí también la música –principalmente, la vellonera- jugaba –y aún sigue jugando- un papel importante como acompañante de penurias o alegrías. A su vez, en los bares o cafetines, casi siempre al compás de una pimentosa guaracha o de un pegajoso bolero, según nos describe Barbosa (1947), los hombres que se encuentran reunidos en este espacio:
“… discurren, [pasan] las horas entre risas de mujeres [–casi siempre cantineras o meseras–] y tintineos de vasos y botellas… Todo es alegría. Todo es regocijo. Todo es animación.  Y por muy ‘picado’ que estén los apuestos galanes de la barriada, jamás dejan de tener una distinción o de gastar una cortesía para con las damas…” (24).
Es decir, que el bar como espacio público, es un lugar donde se privilegia el consumo de cerveza y ron. A la vez, en ocasiones es frecuente encontrar una que otra mujer que trata de disiparle al hombre las penas que consumen los latidos de su corazón. Es un territorio que sirve como: “refugio, [para que los] amigos [demuestren su] solidaridad, desahogo [y para] comunica[rse] íntima[mente]” (Ibarra, 1992: 18). Y como si esto fuera poco, lo característico de los bares caribeños y latinoamericanos, es que a veces puede encontrar un pequeño conjunto musical que toca en vivo, o sino, siempre en una esquina del local, habrá colocada una vellonera, donde por un par de monedas se podrá escuchar el cantante, conjunto o trío que está de moda (Ibarra, 1992; Malavet Vega, 1985).
Pero, ¿en qué parte de Santurce es que estaban localizados algunos de estos bares? ¿Acaso algunos de los protagonistas de esta historia eran clientes fijos de estos lugares? Contestando estas interrogantes, en una parte de su testimonio, señala Tellado –uno de los antiguos placeros del Mercado de Santurce, que recientemente pasó a mejor vida-, que a finales de la década de 1940:
“Uno iba a un bar de por aquí, de los que quedaban al la’o de la plaza, se daba un palo y se ponía a escuchar música. ¡A vacilar! Los discos eran a vellón. Uno echaba una peseta y escuchaba cinco discos [o] el disco que uno quisiera. Si quería bailar lo hacía. Si uno estaba adolorido porque una muchacha lo había deja’o a uno, echaba un vellón y ponía un disco. ¡Alegraba las penas! Y si uno estaba alegre, echaba otro vellón y ponía otro disco. Así…” (en Viera, 1996: 564).
Como bien sostiene Ibarra (1992), y en esencia también nos deja entrever en la anterior cita el testimonio de nuestro protagonista, el bar en múltiples ocasiones:
“… es un territorio… materno, hospitalario. [Donde] … sus asistentes necesitan un temperamento fuerte, decidido, para no verse arrastrados por esa maternidad aterciopelada y cruenta. [También el bar se constituye en una] plaza y confesonario en donde se evacuan tristezas y tensiones, pileta pública donde marginados y míseros van a enjuagarse el alma”. (p. 18).
A nuestro entender sin embargo, es precisamente una canción –“En la Cantina”[4]- la que mejor recoge y retrata lo característico de los bares, la situación de soledad y abandono que viven muchos de sus clientes. Esta canción dice así:
La cantina es el oasis
del que tiene sed de besos
del que tiene sed de abrazos
del que tiene sed de amor
del que pide entre sus rezos
una luz que guíe sus pasos,
una mano que lo lleve
a donde no haya dolor.
Allí podrá contar
la historia de su traición,
allí podrá olvidar
las penas de corazón.
Por eso en la cantina
voy ahogando las penas
que me quitan la razón
que quieren verme loco y
sin remedio
sin besos, sin amores, sin pasión.
El trago va matando
lentamente el recuerdo y la
total desilución,
de aquel amor, que me engañó
de aquel amor, que se marchó
de aquel amor, cuya traición
decepcionó a mi pobre corazón”.
(en Ibarra, 1992, p.18).


En fin, con un par de “copas dándole vueltas en la cabeza”, y escuchando seguramente a través de la vellonera o de su imaginario una retrahíla de “canciones cortavenas”, el cliente del bar recuerda en ese espacio lúdico, algunos de sus fracasos, así como sus pequeñas esperanzas.

En aquel entonces, los bares que estaban dispersos por algunas de las calles que circundaban la barriada de Campo Alegre, servían de espacio privilegiado para el hombre obtener información de la vida de otros hombres y mujeres, enterarse de los últimos acontecimientos que se desarrollaban en pleno Santurce, oír cantidades de quejas, críticas, bromas, o para simplemente “estacionarse” en un rincón, dentro o fuera del negocio, para ver o jugar –cuando se le diera la oportunidad-, una buena partidita de dominó o cualquier otro juego de mesa. Asimismo, este sitio público servía para celebrar una que otra “fiestecita”. Y es que la música en estos lugares, nunca podía faltar. Veamos lo que nos tiene que decir al respecto Víctor, otro de los protagonistas de esta historia, acerca de sus experiencias vivenciales en uno de estos lugares:


“[A]hí en la esquina, [en Campo Alegre], como para el 48, había un negocito que se llamaba ‘La Minita’, Ese era el punto de reunión de nosotros. Ahí nos dábamos el palito y nos poníamos a hablar. A dialogar. Los sábados y domingos[5] ahí dábamos la fiestecita. Ahí compartíamos y nos divertíamos. En la acera poníamos una mesita para jugar dominó y darnos el palo. La mayor parte de los que frecuentaban ese negocio eran personas mayores, hombres maduros” (en Viera-Calderón, 1996: 563).
Es decir, los bares constituían –y siguen por supuesto constituyendo- uno de los pocos espacios donde los hombres pueden compartir entre iguales, expresar sus emociones y sentimientos; manifestaciones que quizás en otros ambientes éstos no se atreverían a evidenciar. Aún así, los bares suelen ser para el hombre el lugar perfecto donde puede evidenciar su masculinidad, donde puede demostrar a los otros que no carece de hombría. Los saludos, los gestos, el contacto físico, las pautas valorativas que regulan los encuentros personales y el contenido linguístico de lo que hablan los hombres en los bares, expresan modos particulares de concebir el mundo, de (cons) y (recons)truir una (sus) realidad(es) cara-a-cara. Aunque cabe señalar que los bares y cafetines, e incluso los restaurantes, que actualmente circundan la Plaza, hoy en día son frecuentados tanto por hombres como por mujeres. Precisamente, este junte gozoso, pasional y compartido, es lo que lleva a que cada vez vaya más gente a entretenerse en los alrededores del Mercado de San Mateo de Cangrejos.

Ahora bien, para Fernández-Christlieb (1991), en los bares todo el mundo habla, dialoga, demanda y crítica todo lo que quiere aunque no conozca al del lado. Allí lo que interesa es la producción de conocimiento, la sabiduría que se obtiene mediante el diálogo, la controversia, la discusión, el debate, el conflicto de ideas. Se desarrolla una especie de juego floral de dimes y diretes (Fernández-Chriestlieb, 1991). Nadie es experto ni especialista en nada, o más bien todos son especialistas en todo, de manera que cualquiera puede hablar sobre lo que quiera, apoyado en la sólida base de la igualdad conversacional.

Por esta razón, en los bares casi siempre se ponen en práctica, las reglas inviolables del tacto y la tolerancia, de oír con atención al otro a condición de que éste oiga a uno, de poder rebatir sin herir susceptibilidades, porque existe especialmente la prohibición de tocar cuestiones personales, y mucho menos de que las palabras puedan ser utilizadas para argumentar en contra de lo que dice el interlocutor (Fernández-Chriestlieb, 1991). Pero cuando esas reglas o las relaciones personales se rompen o se deterioran, toma lugar el conflicto; la bronca aparece. Así es que aparte de la música en la vellonera, el ruido del tintineo de los vasos y botellas, el diálogo entre amigos, la partida del dominó, es probable que también se escuche bien en la madrugada en los alrededores de la Plaza del Mercado, calle arriba y calle abajo, el fuerte sonido de un par de hombres borrachos peleando o discutiendo (“muérdele un ojo”, “arráncale la cabeza de un tirón”, “estrujale el cerebro”, son algunas de las frases que es común escuchar a viva voz). Al otro día, vuelta la normalidad en la barriada de Campo Alegre, y alrededor de las calles de la Plaza del Mercado, el ritmo de la vida sigue igual.
Espíritus rítmicos: “espacios de libertad y goce total”
Además de fiestar en los bares, algunos pobladores de Santurce se reunían en las esquinas de las calles para celebrar improvisadamente otros tipos de actividades musicales/rítmicas. La calle también era un espacio natural de la vida social (Gazzoli, 1985). Específicamente las esquinas de las calles eran uno de los tantos lugares privilegiados que existían en las barriadas, y que casi siempre servían como un espacio más de encuentro entre amigos. Según relata el protagonista Sommy Allende, en la parada 21 –comunidad próxima a la calle Canals, en Santurce-, y en otras barriadas cercanas, habían varias esquinas que se podían considerar como espacios de libertad y de goce total para tocar y bailar música autóctona. Veamos que nos cuenta este “cangrejero mayor” acerca de los bailes en la parada 21 y en otras barriadas aledañas:
“[Como] las casas eran tan cercanas, to’l mundo se reunían en las esquinas, a bailar la música autóctona de nosotros, la bomba y la plena. Dondequiera aquellos viejos se reunían, con sus acordeones, y hacían unos ‘bembé’del cará. ¡Plena! Abajo en Bayola [y] arriba en el Rabo del Buey, dondequiera había un ‘bembé’. Todos los domingos había un ‘bembé’. (…).” (en Viera, 1996: 566-567).
Mediante este maravilloso y deleitoso ‘bembé’[6], como vemos en la anterior cita, entra en juego una espontánea red de relaciones sociales, donde los hombres –al igual que las mujeres- se reconocen a través de sus expresiones musicales, como caribeños y entes sonoros rítmicos.
El guisito-musical-cangrejero de uno de nuestros placeros
También era frecuente encontrar a uno que otro grupo musical tocando o ensayando en algún restaurante ubicado en la zona cangrejera. Por ejemplo, Jaime –otro de los protagonistas y placeros de antaño-, era parte integrante de un cuarteto que casi siempre ensayaba en un restaurante conocido como El Popular. Esta cafetería estaba localizada detrás de la Plaza del Mercado de Santurce, en la calle Capitol. Sobre su experiencia como cantante, este placero nos dice lo siguiente:
“… [P]ara el 50, iba mucho allí, al Popular. Por lo general, iba a ensayar con un grupo musical que teníamos. Sí, yo cantaba con un grupito. En ese entonces, ensayábamos allí, se arremolinaban a oírnos cantar. Al verme, ¡que sorpresa se llevaban algunos! Decían: ‘Adió, ¿ése no es Jaime Hernández, el que tiene la carnicería ahí en la Plaza’? Después uno veía a dos o tres de los que estaban por allí, preguntando en la carnicería, ¿cómo se llamaba el grupo? Se llamaba el Cuarteto Rosado. Lo componían cuatro personas. Uno era Manuel Rodríguez, otro Raúl Rosado –que era el Director–, estaba yo –que era la primera voz–, y Javier Cruz, que era la segunda voz [del grupo]” (en Viera-Calderón, 1996: 569-570).
Hay que señalar que, del anterior testimonio nos llama mucho la atención, que nuestro protagonista placero –Jaime-, haya decidido incursionar como cantante de un cuarteto justo en el año de 1950. Es en junio de ese año, que se inicia el conflicto armado en Corea[7]; obligando otra vez a miles de puertorriqueños, por ser ciudadanos de los Estados Unidos, a servir en el Ejército de esa nación. Los productos de primera necesidad, al igual que las carnes –la mayoría de las cuales venían de los Estados Unidos por barcos-, en tiempos de guerra escasean. No hay mucho que comprar en los estantes de los comercios ni en las carnicerías del país. Además, el poco dinero que ganaban los trabajadores de aquel entonces, tendían mejor a guardarlo, a ser más ahorrativos, en espera de que se arreglara la situación (Malavet Vega, 1985). Así es que es posible que Jaime –cuyo oficio era ser carnicero en la Plaza del Mercado de Santurce-, se interesara por involucrarse en este proyecto musical para subsistir; es decir, poder completar un salario que le permitiera vivir y, si fuera el caso, mantener una familia.
Se nos va el olor a verde esperanza
A partir de 1960, se transforman los viejos patrones de vida en la barriada de Santurce y en el Mercado de Cangrejos. Poco a poco van llegando, con una enorme variedad de artículos disponibles para el consumo, los grandes supermercados de auto-servicio.

A medida que se fue sofisticando el sistema de supermercados, los trabajadores en la Plaza del Mercado de Santurce, comienzan poco a poco a perder clientela. El olor a verde esperanza, por parte de los placeros, se desvanece. Cada vez se abrían o se abren menos, las viejas cajas registradoras, colocadas en las pocas esquinas disponibles que quedaban dentro de sus locales, tampoco se abrían las pequeñas cajas de madera o de metal, donde los placeros guardaban todos los días los billetes y monedas que les entregaban sus clientes al comprarle una variedad de productos alimenticios. 

A principios de 1990, la Plaza del Mercado de Santurce, definitivamente que ya no era la misma. Se había perdido, quizás para siempre, “el mucho público que venía a comprar, el bullicio, el compartir de antes, la alegría contagiosa”, que notablemente caracterizaba la cotidianidad de este centro mercantil. Eran otros tiempos. Apresuradamente se alejaba un mundo dramático pero sencillo, y nos caía encima un mundo nuevo, sinuoso y complejo, donde la Plaza del Mercado de Santurce debía transformarse, si acaso deseaba seguir viviendo y respirando el olor a verde esperanza.
Explosión de los sentidos: a la re[con]quista de la calle
A finales de la década del 90, principios y finales del 2000 (hasta el presente), un nutrido grupo de profesionales y jóvenes frecuentan con cierta pasión las calles circundantes a la Plaza del Mercado de Santurce. La mayoría de estas personas no van a esta zona urbana a comprar productos agrícolas en los quioscos del Mercado de Santurce, sino que se reúnen a platicar o a comer con un sinnúmero de amigos en los bares o cafeterías que han abierto en el área. A cada momento se inauguran nuevos bares con reminiscencia de los de antaño –tipo cafetería/bar–, y abren sus puertas una paca de restaurantes y fondas con suculentos platos criollos o especialidades de comidas tipo gourmet. Adultos y jóvenes, y de vez en cuando algunos niños, quedan cautivados con el “pequeño barrio” de Campo Alegre: un nuevo mundo fantástico, lleno de sabores, placeres, imágenes visuales y sonoras.

Notas

[1] En una revista de aquella época, Cervantes, un autor desconocido describe con todo lujo de detalle otros datos relevantes acerca de la estructura de la Plaza del Mercado de Santurce. Veamos qué información es la que aparece publicada en una de las páginas de esta importante revista literaria acerca de este centro de abastos:
“Un bello edificio, un edificio de estilo moderno, de hierro  y concreto, se acaba de construir en Santurce por la administración municipal de San Juan.
[E]l edificio [está localizado]… en la calle de ‘Dos Hermanos’ á 200 metros de la Carretera, y punto verdaderamente céntrico.
Las obras comenzaron el 19 de julio del pasado año 1909, siendo el contratista de ellos don José Lago. Un término de ocho meses ha bastado para todo el desarrollo de esa construcción, de hormigón armado, techado de acero, y cubierto con tejas de ‘asbestos’ de color rojo.
Existen en el interior del local; ocho puestos para la venta de carne y pescado en los cuales son previstas todas las prescripciones de la más severa higiene. 16 mesas de hormigón altas y amplias se destinan á la venta de vegetales y verduras, y cuatro locales para tienda, cómodos y grandes, completan la capacidad interior. Exteriormente, alrededor de la plaza hay un alero que proteje el tránsito, y bajo del cual aún pueden situarse ventas. (…).
Es una obra de una presentación hermosa; todo allí es esbeltez, decorado y discreta combinación de material concreto, vidrio y hierro. Es una construcción estilo ‘renacimiento’; y es una verdadera plaza del mercado, como deben ser, llamadas á contener en su seno la alimentación que se destina á las ciudades. Las plazas de mercado, son en totalidad, la mesa grande de cada pueblo; y esta mesa tiene que ser bella, ha de ser ámplia, ha de estar bien presentada.
Así lo es la de Santurce. Bien puede ese hermoso barrio estar contento, estar orgulloso de la Plaza del Mercado … que ha [construido] la administración municipal.
Nosotros, viéndola, hemos respirado fuerte; como cuando se sienten ó se ven cosas que agradan y que satisfacen.
Y allá va, sin regateos, para el ingeniero señor Fernando Montilla, autor del proyecto y director de las obras, nuestro aplauso grande y sincero: y va también para el Municipio de San Juan, que tiene buenos concejales, y tiene un buen alcalde en el doctor Francisco del Valle” (Sin autor, 1910: 5).
[2] Estas palabras me recuerdan otras que expresó la excelente balerina Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo. He aquí las mismas:
“Bailar es un placer. (…). [E]l ser humano ha bailado siempre, desde que se paró en dos pies empezó a bailar. No solo se expresa con la palabra, sino con el cuerpo”.
Esta cita la recoge en un reportaje periodístico la reportera: Pérez, T. (1 de junio de 2014). Alicia Alonso: “No bailar es una gran vergüenza”. Entrevista con la directora del Ballet Nacional de Cuba. El Nuevo Día, 11.
[3] Es interesante que sea alrededor de la Plaza del Mercado donde se celebren estos bailes, pues en los tiempos de España, allí era también donde se arremolinaban los esclavos para bailar; es decir, el “pueblo trabajador”. Sobre el baile y los instrumentos de percusión utilizados por éstos, dice Callejo (1971) lo siguiente:
“… cuando la esclavitud regía, desgraciadamente, en Puerto Rico, los bailes que anualmente celebraban las diversas tribus de negros, por Reyes y San Miguel en la antigua plaza del mercado de San Juan, los únicos instrumentos que empleaban para marcar el ritmo de sus… bailes y canturias eran los percusión denominados bombas y maracas” (241).
[4] Esta canción fue popularizada por nuestro anacobero Daniel Santos y Julio Jaramillo.
[5] Es posible que nuestro protagonista se equivocara de día. Los viernes y sábados son los días que tradicionalmente los hombres puertorriqueños acostumbran a irse de juerga. El domingo se toma para descansar, es decir, jugar en ocasiones una partida de dominó con los amigos, entre otras cosas.


[6] Este término aunque es utilizado por nuestros protagonistas para referirse a las reuniones musicales en las esquinas, hay otros actores (en Montalvo del Valle, 1978) que señalan que la palabra correcta es rumba. Esta es descrita “como la reunión de un grupo de jóvenes que se ponen a cantar en una esquina, un corillo [donde] hay tres o cuatro congas. La suelta uno y lo coge el otro, y así por el estilo” (58). Indistintamente de cual sea la palabra correcta a utilizarse, en la calle se escucha coloquialmente ambos términos.
En cambio, en Cuba, la palabra bembé aunque tiene que ver con actividades musicales, también está estrechamente relacionada con ceremonias y rituales afrocaribeños. En la novela “Negra”, precisamente la escritora cubana Wendy Guerra, ofrece una definición muy interesante de lo que significa en la “tierra del caimán” la palabra bembé. Veamos cómo define este término la mujer que en el 2010 fue nombrada Chevalier de l’ Ordre des Arts et des Lettres de la República francesa:
“Según los diccionarios que durante siglos escribieron los blancos, el bembé es una fiesta profana de la religión yoruba. Tras el rezo privado con los tambores batá dentro del cuarto sagrado, tras esa ceremonia ritual, íntima y familiar, se abren las puertas de la casa para que bailen todos, los que tienen y no tienen hecho santo. (…).
Bembé: fiesta de Santo. Bembé así e como e”. (Guerra, 2013, 167-168).


[7] Esta Guerra comenzó en junio de 1950, cuando las tropas de la República de Corea del Norte cruzaron la línea del Paralelo 38, que representaba la colindancia con la República de Corea del Sur (Picó y Rivera Izcoa, 1991). Estados Unidos inmediatamente envió tropas para defender a los coreanos del sur, y conjuntamente con otras naciones aliadas, prontamente se vieron involucradas en esta operación militar. Por su parte, los coreanos del norte, obtuvieron la ayuda de China.
De la noche a la mañana miles de puertorriqueños son reclutados forzosamente en la milicia de los Estados Unidos. En un santiamén los boricuas son trasladados a Corea en barcos y aviones militares. Muchos puertorriqueños de aquel entonces atestiguan esta terrible odisea. Entre ellos está el historiador y sacerdote jesuita Fernando Picó, que aunque para aquella época era apenas un preadolescente, todavía tiene grabado en su memoria el inicio de la guerra. He aquí su testimonio:
“El verano de 1950 la radio dice que ha empezado una guerra en Corea. Mi abuela está pesarosa. Yo no lo entiendo, porque Estados Unidos siempre gana las guerras. Pronto el Servicio Selectivo está enviando cartas. El Regimiento 65 de Infantería, estacionado en Cayey, se va para la guerra. Muchos hombres son reclutados. Los periódicos pronto se ocupan de sus hazañas y sus muertes” (Picó, 2013: 9).
Durante los tres años con treinta y dos días que duró este conflicto, casi cuarenta y cuatro mil puertorriqueños participaron en esta guerra, como parte del ejército estadounidense (Picó y Rivera Izcoa, 1991). Recientemente, estas cifras fueron puestas en entredicho. La reportera de El Nuevo Día, Gloria Ruiz Kuilan, en un artículo publicado bajo su nombre en el mencionado periódico, el 28 de mayo de 2012, ofreció otros números estadísticos acerca de la participación de los puertorriqueños en el conflicto bélico de Corea: en el campo de batalla vieron acción, alrededor de 65,034 boricuas, de los cuales resultaron heridos 3,049, perecieron 756.

Bibliografía

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Malavet Vega, P. (1985). La vellonera está directa. República Dominicana: Editora Corripio.
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______. y Rivera Izcoa, C. (1991). Puerto Rico Tierra Adentro y Mar Afuera. Historia y cultura de los puertorriqueños. Puerto Rico: Ediciones Huracán.
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Sin Autor. (15 de septiembre de 1910). Plaza del Mercado de Santurce. Revista Cervantes, 8, 5.
Viera-Calderón, E. (1996). El Mercado de Santurce: reconstrucción psicosociohistórica a partir de treinta y ocho testimonios orales. Tesis doctoral sometida al Departamento Graduado de Psicología, Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, Bellaterra- Espanya.



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