NUESTRA CULTURA
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La casa del rehén

POR: AUREA MARÍA SOTOMAYOR



Juan Carlos Rodríguez
Extraña que Rehén de otro reino, del amigo y poeta Juan Carlos Rodríguez, no haya sido publicado antes, aunque nunca es tarde cuando la dicha es buena, pues sale cobijado bajo la serie que inaugura el buen nombre del poeta Julio César López, por la editorial Tiempo Nuevo. Rehén de otro reino fue merecedor del Premio Olga Nolla del Nuevo Día, en el 2004, según se adjunta en la información que se desprende de una de las solapas del libro. Si bien la cultura de los premios literarios es ciertamente cuestionable desde muchos ángulos, la decisión de competir que toma el poeta joven al someter su obra a los avatares de un certamen comporta una gran dosis de riesgo a cambio de la obtención de cierta visibilidad, consistente ello en la posibilidad de ser publicado. Fuera de las páginas centrales del magacín del Nuevo Día, el aliciente es editar el libro, lo cual
podría tomar años. A veces resulta más difícil encontrar editor que escribir. Cuántos buenos escritores se han resignado al silencio con tal de no lidiar con el aparatoso mar editorial, primer escollo de nuestro mundillo literario. Cuántos otros de comprobada mediocridad logran publicar cuando y donde desean. El segundo escollo toca a la crítica. En Puerto Rico, hay apenas espacio crítico para el género de la poesía. El mercado dicta las pautas de lo que se tiene que escribir para lograr la fama y aunque se escriba una novela mediocre con muchos altibajos, los personajes típicos y la temática de rigor que todos conocemos, triunfarás si te atreves, pues la escasez dicta la ganancia. Respecto a la poesía, hay a quienes les basta con publicar, y respecto a la crítica, sólo los mismos poetas, algunos también críticos literarios, se ocupan de esta labor. Sin embargo, ante la proliferación de tantos poemarios, de calidad abismalmente desigual, es imperioso separar la paja del grano. Las mal entendidas luchas generacionales, la espina en el pie que no acaba de sanar, las deformaciones pseudo-críticas en que se embarcan algunas antologías recientes, los silencios, el ninguneo, las variables de los efímeros populismos, la ficción ideológica y otros pájaros de mal agüero ensordecen el panorama a punto de convertirlo en un paisaje gris donde nada destaca. Nos toca, a quienes apreciamos el género de la poesía en lo que vale, incendiar la paja para que, al menos, el destello de la llama permita iluminar el grano. Es ese afán piromaníaco lo que me alienta a destacar algunos giros que aprecio en el volumen del amigo y poeta Juan Carlos Rodríguez, cuya publicación hoy celebramos.


Rehén de otro reino llega cuatro años después de haber obtenido un premio, y su publicación es muestra de cómo se ha diversificado la voz poética en su tránsito por el mundo. Sólo basta referirse al índice para ver las secciones que la constituyen, entre otras: “rehén de otro reino”, “de tú a tú”, “efímero vaivén de la música bailable”, “paisajes de la sed”, “migajas de sentido”, “la última frontera”, “vuelta a casa”, “sueños de Pacotilla”, “logos de la bestia”, “poética de la caricia”. El texto declara su propósito en los dos poemas liminares, “Testimonio” y “Dar con la palabra”. Hallo el objetivo o el “para qué” en ambas secciones, y la aúno a la poética oculta que constituye la parte titulada “Logos de la bestia”. El “para” del poema preliminar indica: “Escribo para dar testimonio de lo que hay cuando el que dice ‘heme aquí’ desaparece.” Mientras, el “para” del poema postliminar mira hacia atrás confirmando la búsqueda de un locus en el poemario, el cual encuentro en el verso que dice: “Halla un dónde: golpe para que haya un don de allá.” El dónde que nos remite al allá aplica al espacio humano que convoca el libro, así como al deíctico de la lejanía (allá) con que decide mantener en vilo, en su absoluta diferencia, al otro. Ello conforma parte de la ética de este hablante que es también un sigiloso seductor:


Como siguiendo un rumbo incierto,
mi mano resbala por tu cara
y tu cara resbala por mi mano.


Palmo a palmo,
con el zarpazo rapaz de lo ido
he de auscultar la evanescencia.


El espacio que convoca el libro es evidente, un allá, unos cuerpos, unos estadios del habitar para el cual el edificio es la palabra donde se fraguan. El grafema y el fonema coexisten y así lo destaca el poeta que no renuncia a verlos escritos y visibles sobre la hoja de la página. El mejor lugar del calambur es la casita del grafema donde varía su faz de forma estridente. Dos puntos y el poema es otro, como observamos en los poemas “Versiones del goce” y en “dar con la palabra”, principalmente. También esta escritura revela un afán de mantener a la palabra detenida en su infinitivo y contemplarla a la luz de su metamorfosis silábica. El hablante la contempla “embarazada” para mejor hacer estallar la ambigüedad. Las poéticas esparcidas a lo largo del libro ensayan su estrategia: “Nunca espero a nadie. siempre llego de sorpresa”, o señala que escribe “para dar testimonio de lo que hay” o que “halla un dónde” o afirma que “el logos de la bestia nos agarra en la silla del jardín” porque la caricia es la “casa de todos/caza de nadie”.


Hay algo distinto que imanta la poesía de Juan Carlos Rodríguez a la tierra, y ello consiste en su constante ruedo de los sentidos, aunque cuando llega a estos, encontramos la evanescencia con que se fugan de su estar. Quiero decir, que en estos textos (unos nueve estadios que conforman su primer libro), hay un riesgo inminente que acosa al hablante: el de su propia desaparición, pese a la presencia insistente de una carnalidad delicuescente. El tacto, el oído, la vista, la música, todos parecen internarse en el meollo de su estar presente entre dos cuerpos que de “tú a tú”, como se titula una de sus secciones, se asemejan y desaparecen. Quizás no esté de más recordar uno de los principios del libro relativo a la fe que confiesa el hablante, y en su extrañamiento de un mundo que insiste en asir, pese a la desaparición del dios. Centrar la palabra poética en los sentidos la afianza posiblemente a lo que es el sentido último de lo poético: apresar lo que está por siempre en trance de desvanecerse. Y así lo reconoce el hablante. Puede decirse que hay una ética hacia el otro que sostiene estos textos y ello atañe al reconocimiento de la imposibiidad de decirlo o decirla completamente, es decir, de objetivar al otro e, incluso, de objetivar su propio deseo. El hablante prefiere “tocar de oido”, o inventar sin imponer ni falsificar, siendo estos últimos productos del afán de fijar, sellar e inmovilizar, tan lejos de la postura del poeta. Quizás en ello le vaya el afán intrínseco de usar el verbo preferiblemente en presente, incluso cuando se trata de memorias: “Tu cuerpo es/talla en mi memoria dactilar./ En mi mano revienta/el toque de queda/dado en mis dedos”. La mano que recuerda no recuerda, sino que de-talla lo quedado. “Ablando asperezas con el toque de lo indecible” es una postura poética sigilosa que entraña una estrategia: un decir deshinhibido, un afianzarse en el presente, una ética hacia el otro, un cultivo del habitar. El poema breve se acomoda al espacio íntimo para mejor definir a su rehén, presto a sugerir pequeñas historias de los afectos, sumido gozosamente en el vértigo de su ingravidez y en el desafío de su fugacidad. El hablante va recorriendo ese camino tras el dios secular que lo acompaña, reconociendo su desaparición, pero supliendo con la palabra la reconstrucción de su huella. Al hacerlo se desinhibe: vocablos tales como escombros y saliva, percudir y pellejo, se recontextualizan y espiritualizan en su afán humano. Este mirar poético sobre el detritus testimonia lo “que hay”, el espacio grisáceo y concreto de lo real. Pero también desde una oreja recién cortada escucha las estrellas que Van Gogh fija en su lienzo o invierte las medias para sorprender a sus captores persiguiéndolo.


Rehén de otro reino porta como escudo unos versos de Francisco Matos Paoli, el místico nacionalista, de quien se recuerda que el reino “no existe apenas. Estoy libre en la falta de poder, como el rocío”. Claro, habría que pensar arcaicamente que el reino denota poder, pero cuando el reino no es de este mundo, como sugieren las palabras de Jesús ante Pilatos, resulta necesario concluir que el exiliado es el poder y el hablante es el rehén de un reino ajeno a éste, el de la poesía. No se tiene poder, sino que se está libre del poder que esclaviza; detentarlo equivale a servidumbre. En cambio, el hablante es un rehén de espacios tales como reino de otro mundo, paisaje, frontera, casa. En el texto nos hallamos ante la relación entre un paradójico rehén libre como el rocío y los espacios que invoca. El rehén nos ubica en la promesa como premio a una estrategia de terror en la que éste es el garante de algo. ¿Qué garantiza el hablante-rehén sino la posibilidad de vislumbrar un espacio que no se atenga a las expectativas de algo fijo? En primer lugar, dada la ausencia de un poder convencional, lo suyo o su promesa, sólo apunta a la palabra con la que se encuentra al final de su viaje. La poesía, según nos dice, es dar con la palabra, hallar un don de golpe. Halla un dónde: golpe para que haya un don de allá.”, confiesa en el poema final, remitiendo al poema preliminar donde testimonia el asilo en la palabra testimonial pese a la desaparición del dios. Quedo prendida de ese “para” que esfuma al Mallarmé que parecería asomarse tímidamente tras el golpe de dados. La estrategia del rehén es confesar su falta de poder para poder sobrevivir. Su falta es confesarse libre, por lo que los espacios que invoca lo colocan fuera, pese a la casa, la frontera, el paisaje y el reino. La casa es la relación, el deseo de habitar al otro sin que deje de serlo, acariciar sin poseer, dejándolo intacto. El rehén lo es de la distancia que tiende como un puente con respecto a su detentor en versos tan hermosos como los siguientes:


Una pizca de arena escapa de tus ojos
y a mí me da con vivir en medio del desierto
que se expande, como un inmenso oasis,
al filo de tu mirada,en adelante cactus, lágrima, espejismo.


En este sentido destaca la ferocidad con que el hablante protege sus espacios íntimos bajo los cuales se ampara y los cuales recubre con los vocablos de rigor: el preciosismo de las gemas cuando habla de los ojos de la amada, la con-pasión con que se identifica con un deambulante, las sábanas tibiecitas que lo arropan bajo la brisa fresca y la música de Gardel, las instantáneas melancólicas en torno a su casa y al padre hospitalizado, la insistencia de la madera cortada en el espacio del recuerdo. Los sentidos y su apalabramiento dan fe del dios secular subyugado bajo la sierpe de lo irremediable, el cual lejos de indicar un dónde añorado musita un don de mora que pertenece al tiempo:


Hay que sacarle punta
al cabo de un ratocon tal de que lo efímero
se clave en nosotrospara hacernos su hueco
de instante abolido.


Recibimos con gozo a este rehén que se nos escapa entre los intersticios de sus múltiples poéticas. No deja de ser agonal su melancolía, así como cristalina es su lectura de todos los espacios –íntimos y públicos- que convoca sin necesidad de fijarlos, por ser producto de la palabra que los destina a la fuga y a la ambigüedad. No obstante, para algo aparecen y prontamente lo abandonan, dejándolo como rehén de su fuga. Este hablante, después de imprecarlos, se sienta a velar con entusiasmo el brote y contempla fervoroso el camino transcurrido, sumido como en un pozo sagrado donde trata de pescar restos de sí. La promesa de la que es garante dicho rehén viene de otro mundo: de lo desconocido y lo indecible, abriéndose paso imperceptiblemente entre los escombros que rescata, troceados y transformados ya en otro reino:


Devolverás al escombro
aquello que tuvieron
de templo tus pisadas
el camino hacia un dios desconocido.

Guaynabo, 12 de diciembre de 2008



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