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Luz, sombra y color en el Siglo de las luces




Presentación del libro Luz, sombra y color en el Siglo de las luces, de Carmen Zeta (Isla Negra Editores, 2013)


En 1967, ante un público francés, cuando era el embajador del gobierno revolucionario cubano en París, Alejo Carpentier dijo convencido, contrario a lo que algunos proclamaban entonces, que la novela no había muerto. Para esa fecha, Carpentier ya era conocido como uno de los grandes novelistas de la América hispánica. Para entonces, Carpentier había publicado cuatro de sus grandes novelas: Ecué-Yamba-O en 1933, El reino de este mundo en 1949, Los pasos perdidos en 1953 y El siglo de las luces en 1962.


En 1967 dijo Carpentier: “La novela está muy lejos de estar muerta…dispone todavía del lenguaje de cada día, lenguaje de los viejos narradores, que está aún lejos de haberse agotado. Se interesa en los hombres a los cuales el lenguaje técnico no dice nada todavía, de (los hombres) que tienen necesidad todavía del lenguaje claro de los viejos narradores, aunque este lenguaje no cesa de evolucionar en función de un enriquecimiento traído por la necesidad de información política, los contactos con la historia presente, el auge de la etnología, la presencia de un cine, de un teatro, que ha poblado el universo de imágenes nuevas.”


(Sin embargo, a pesar de su alusión al lenguaje de los viejos narradores, para entonces Carpentier había creado un lenguaje nuevo en sus novelas.)


La tarea del novelista, afirma Carpentier, es ocuparse del mundo, y entenderlo, junto con el pueblo combatiente, para criticarlo, exaltarlo, pintarlo, amarlo, tratar de comprenderlo, tratar de hablarle, de mostrarlo, de mostrar en él las entretelas, los errores, las grandezas y las miserias, de hablar de él más y más, a quienes permanecen sentados al borde del camino, inertes, esperando no sé qué, o quizás nada, pero que tienen, sin embargo, necesidad de que se les diga algo para removerlos.”


Es que para, mediados del siglo pasado, se decía insistentemente que la novela había muerto.  Cuando empezaban a escribir novelas, los grandes narradores de Nuestra América –que hoy todo el mundo conoce– se escuchaba el lamento o la profecía de la muerte de la novela. Carlos Fuentes recuerda que: “Las razones que se nos daban a los escritores de mi generación eran, en primer lugar, que la novela, cuyo nombre proclama su función, ya no era, como en sus orígenes, la portadora de novedades. Lo que la novela decía –se nos dijo– era dicho ahora, de manera más veloz y más eficiente, y a un número inmensamente mayor de personas, por el cine, la televisión y el periodismo, o por la información histórica, psicológica, política y económica.” Tal parecía que los antiguos territorios de la novela habían sido anexados por el universo de la comunicación inmediata, que la imaginación del mundo ya no acompañaba al novelista; el entusiasmo y la curiosidad, tampoco.


Carlos Fuentes, quien en 1969 había leído a Carpentier, expresó entonces: “Para mí, hay un hecho esencial: en todas las nuevas novelas en América Latina, evidentemente, hay una búsqueda de lenguaje. Un remontarse a las fuentes del lenguaje.”


En 1971, el maestro Gabriel García Márquez reafirmó esa búsqueda de un nuevo lenguaje. Dijo entonces el autor de Cien años de Soledad: “…evidentemente la lengua española tradicional (el español de España) no podría expresarse con exactitud la esencia de nuestro continente. Había que crear un español nuevo. Es esta búsqueda de un lenguaje adecuado lo que caracteriza lo que se ha dado en llamar la nueva novela latinoamericana.”


Y esto es precisamente lo que nos dice Carmen Zeta en su texto Luz, sombra y color en El siglo de las luces”, libro publicado por Isla Negra Editores en 2013.


Carpentier es el adelantado de la nueva novela latinoamericana. Antes de Carlos Fuentes, antes de Mario Vargas Llosa, antes del Gabo, estaba Alejo Carpentier. (Y Juan Rulfo, y Miguel Ángel Asturias, entre otros.)


El texto de Carmen Zeta es un análisis en detalles del lenguaje novelístico del autor cubano. Desde la primera línea, la autora define su objetivo: “La complejidad de la obra de Carpentier provee un terreno fértil para la investigación, la reflexión y el análisis.” Estamos pues ante un texto escrito desde y para la academia, con el rigor científico de los iniciados en el sacerdocio de la literatura. Lo que la autora pregunta y contesta es lo siguiente: ¿Cómo impactó e influyó en la obra de Carpentier sus años en París, en estrecho contacto con los maestros del surrealismo? Pues ese contacto, esa convivencia con pintores, fotógrafos, arquitectos y realizadores de cine en París, moldearon una rica personalidad artística, con un nuevo lenguaje novelístico, teñido y matizado por una variedad luminosa de expresiones del arte vanguardista. Por eso en las novelas de Carpentier hay colores, armonías de tonos, contrastes, música, luces y sombras.


Alejo Carpentier nació en La Habana en 1904. Falleció en París en 1980. Hay toda una leyenda sobre su infancia. Algunos autores dicen que fue hijo de un arquitecto francés y de una pianista rusa. Otros dicen que nació en Suiza, del seno de una familia pobre que emigró a Cuba. No se sabe cuál fue su primera pasión: si la música o la literatura, o si fueron simultáneas ambas querencias. Era musicólogo.


En 1928 fue encarcelado en Cuba por oponerse a la dictadura de Machado. Luego, entre 1929 y 1939, vivió en París. En 1966 regresó a Francia, como embajador del gobierno de Cuba, hasta su muerte.


Carmen Zeta propone, junto a otros analistas, que aquellos diez años en París, fueron decisivos y fundamentales en el desarrollo del lenguaje novelístico del autor.  Eran los tiempos del surrealismo, de la conciencia de una nueva época, el choque con el pasado y la apertura hacia nuevas formas y credos. Pero no sólo el surrealismo se manifiesta en la obra de Carpentier, se traduce también el barroquismo, ese horror al vacío, a la superficie desnuda, a la armonía lineal geométrica.


Carpentier, en fin, es el inventor del lenguaje total en la nueva novela latinoamericana. En su novela hallamos, quizás definido por primera vez, lo real maravilloso. Carme Zeta redescubre esas imágenes de luz, sombras y contrastes que pueblan los mundos y los universos de las novelas de Carpentier, en particular en El siglo de las luces. Hay una contraste maravilloso es esta novela, que sirve de contrapunto y referencia a esta nueva realidad que se llama América. El personaje de El siglo de las luces, trae de Europa a América las ideas libertarias de la revolución francesa, pero también trae con él la guillotina. La libertad y la muerte. Y aquí la muerte es un instrumento para cortar cabezas pensantes.


Este universo de luces y sombras, revelado en las imágenes luminosas de la novela de Carpentier, es pormenorizado para nosotros en el texto de Carmen Zeta, que hoy celebramos en esta maravillosa Feria del Libro. Gracias.

En Sto. Domingo, RD, a 1 de mayo de 2014.



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